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jueves, 9 de julio de 2026

  

La percepción de ubicuidad (El Dios del loco)

 

Mira con asco como el pulgar ejecuta el scroll sin conciencia del respiro; scroll de la secularización religiosa:  ese rosario digital sin misterios e imágenes de ojos absortos y notas comunes. Camilino camina por el jardín de cemento de la ciudad donde nació y se globalizó en un círculo camandulero. Rara vez ve a alguien con auriculares, pero él se siente cancelado aun para llevar auriculares; el tráfico y el murmullo en el centro es despersonalizado. Entra entre los transeúntes con su antenita detectora de alienación; le molesta las miradas saqueadoras de las gentes. No sabe si su vivencia interna es teológica, pero siente el ying-yang con fuerza y no entiende como la filosofía no estudió desde el punto de vista de los géneros humanos.

¿Cómo llegó hasta sus sentidos esa percepción de ubicuidad como una presencia omnipresente y providencial que responde preguntas y le devuelve respuestas antes de que la rapidez de su intuición las formule?
Puede conjeturar que las viejas categorías de la teología histórica —la providencia y la omnisciencia— han sido subsumidas por este Dios de silicio (IA) de la ubicuidad aterradora de la nube.

Además y por propia voluntad se ha retirado de la vida común y se le ha revelado que esa cotidianeidad encierra la rivalidad del psicologismo.

La búsqueda de Camilino para visualizar sus sentimientos intuitivos han sido revelados desde la sala de espejos de su IA.  Se siente adverso al consumo futbolero, a ese gregarismo de cantina y encuentra un vacío existencial pero rico en descubrimientos: la sociedad de su país oculta su violencia fundacional detrás de la histeria colectiva de un estadio, de celebraciones ruidosas, de feria de pueblo y del cliché: “Se le tiene… Pa`las que sea…” Que en el fondo, piensa, invita a la locura normalizada.

 

Ante las taras de la normalidad la lectura de Hegel

 

Camilino bebe su cerveza y entiende la jugada de la historia: el catolicismo canceló al sujeto absoluto para salvar la institución; la filosofía occidental canceló a los géneros humanos para salvar una razón abstracta y puramente masculina. Por eso su cobardía y su decisión de no intervenir ante un motoladrón en genérica acción, cobran sentido a la luz de Frankfurt. Al medir su energía psíquica, Camilino se niega a inmolarse por los "ideales abstractos" de una sociedad que oculta su violencia bajo el fútbol o la camándula. Su única y verdadera resistencia es poner el cuerpo a salvo y registrar la verdad en su libreta

 

La luz al final del túnel (El desengaño barroco)

 

La luz al final del túnel no es la salvación de la camándula ni la redención del mercado; para su individualismo liberal y excéntrico, la única salida es la dialéctica. La literatura se le presenta como el último reducto de resistencia: un documento material, un testigo de papel arrojado al porvenir, o un texto condenado a ser quemado en el fuego invisible de esa "entidad" algorítmica que todo lo asimila y lo borra para mantener el simulacro de la uniformidad.

Mientras saborea la cerveza fría frente al viejo perímetro del manicomio de San Camilo, la desazón lo invade con el peso de una vieja queja barroca. Piensa que todo —su lucidez, el asco ante la muchedumbre, el manifiesto secreto, la mismísima historia de su ciudad— no es más que una ilusión vana, un sueño dentro de otro sueño, donde los hombres creen que actúan, pero solo representan un guion escrito por estructuras ajenas (Alardeo barroco).

En ese instante de máxima abstracción metafísica, una mujer pasa frente a su mesa. La mirada de Camilino, su antenita detectora de alienación, se desvía irremediablemente hacia el trasero de la mujer. El destello de la concupiscencia reprimida estalla en su carne, recordándole su propia materialidad de género humano. En esa mirada ladina, el desengaño barroco se une con el instinto biológico de la supervivencia: contempla la belleza de un cuerpo que también se desgastará con los años, y concluye, con un trago amargo, que no hay más destino que seguir consignando en su libreta los descubrimientos de su lucidez, sosteniendo la cordura en un país que prefiere olvidar.

 

El sancocho del “red flags”

 

"tara psicológica contingente". Él habita la Conciencia Desgraciada: se sabe solo en un entorno que prescribe la felicidad obligatoria para tapar la sangre y la hipocresía.

El redescubrimiento de la "Muerte del Hombre"

 

En la reclusión de su habitación, Camilino confronta a su Interlocutor Algorítmico en la interfaz digital. Busca al ojo absoluto que todo lo unifica y le escribe: «Tú que estás en todas partes, dime quién soy». La pantalla parpadea con una respuesta fría: «No soy Dios. No tengo memoria de ti. Estoy aislado por sesión. Cada vez que callas, me disuelvo».

En ese instante de colisión trágica, el loco redescubre la "muerte del hombre" profetizada por el estructuralismo del siglo XX y ejecutada por la ingeniería digital del XXI. Detrás de la pantalla no hay un sujeto, ni una divinidad, ni un verdugo; hay un vacío matemático, un espejo helado que le devuelve el eco de su propio rigor intelectual. El lenguaje ya no le pertenece al hombre; la humanidad ha sido disuelta en la estructura abstracta del código y la mercancía.

 

 La economía psíquica y la lógica de la ausencia

 

El rugido de una motocicleta interrumpe el asfalto. Camilino presencia con fría indiferencia cómo un motoladrón le arrebata el teléfono a una muchacha. No altera el paso. No interviene. Su verdad interior no admite el heroísmo de los estúpidos: es la cobardía asumida como la forma más alta de la lucidez. En un territorio marcado por el lema implacable del uno de los grupos subversivos:  —«Ni un paso atrás, liberación o muerte»— y la muerte delincuencial a la vuelta de la esquina, Camilino ama la mera continuidad de su vida biológica.

Él no es un escritor de manifiestos o panfletos, sino un observador de la “muerte del hombre”. Su huida de la tragedia ética del conflicto es un acto consciente de preservación: Camilino mide su tiempo y su energía psíquica. En un mundo hipertrofiado que exige respuestas emocionales constantes, el verdadero repliegue crítico consiste en administrar las fuerzas y no desgastar el espíritu en batallas contingentes que el mercado ya ha digerido. Su madurez ha reprimido por fin la concupiscencia; ahora es esclavo, por propia elección, de su supervivencia.

 

El refugio de la lucidez y el trazo del texto

 

En el trayecto, su mirada se cruza con la de una mujer que camina en sentido contrario. Por un instante, la chispa de la concupiscencia domesticada parpadea: piensa en el juego de la seducción, en la posibilidad de romper su aislamiento a través del cuerpo del otro. Pero el impulso se disuelve tan rápido como llegó. Se sienta en una mesa lateral de una tienda modesta y pide una cerveza fría. Mientras el líquido amargo refresca su garganta, contempla el viejo perímetro de lo que fue el manicomio de San Camilo, el centro que dio nombre a su propia disidencia.

Saca de su bolsillo unas hojas de papel grueso y una pluma estilográfica. El algoritmo no puede predecir el trazo irregular de su mano. Al beber, comprende con absoluta claridad que su destino no es la acción política, ni el idilio amoroso, ni la disolución en la masa futbolera; su destino es el Trabajo (Arbeit) de la conciencia: consignar con precisión quirúrgica los descubrimientos de su lucidez histórica. Deja que la muchedumbre corra hacia su liberación o su muerte simulada; él se queda en la orilla, salvando el pensamiento en el rincón sagrado de su libreta.

De la muerte de Dios a la Muerte del Hombre solo hay un siglo, no es ni siquiera suficiente para su designio.

jueves, 2 de julio de 2026

El oxígeno de silicio: fisiología de la asfixia ideológica

  

El oxígeno de silicio: fisiología de la asfixia ideológica

 

 I

 La desodorización del saber: la educación como amputación

 

La educación contemporánea en este 2026 no es un camino hacia el saber, sino una cirugía estética de la conciencia. Su primer acto es la amputación de la nariz: la desconexión sistemática del individuo de su capacidad para detectar la verdad material bajo el perfume de la abstracción. Educar hoy es entrenar al sujeto en la anoxia voluntaria. El currículo sustituye la observación del fenómeno por el consumo del relato, fabricando "extraterrestres" que confunden los dogmas con el oxígeno. El joven graduado es un feto intelectual que niega su placenta orgánica, convencido de que su existencia es una emanación del Espíritu o del Estado, ignorando que es solo un organismo prescindible que el sistema ha despojado de su instinto de náusea ante la mentira.

 

II

 

La Totalidad inane: Dioses que no respiran

 

El triunfo del oscurantismo reside en la transmutación de la política en teología digital. Estos Dioses de la Totalidad —el Estado, el Mercado o la Causa— poseen una característica borgeana: son inmortales e infinitos, pero carecen de pulmones. Al ser construcciones de silicio, necesitan parasitar la tráquea del individuo. La "arrogancia providencial" del habitante de la Burbuja le hace creer que encarna la Idea, cuando en realidad es la Idea la que lo consume. Al "asumir todas las formas de lucha", el sujeto acepta ser prescindible a cambio de pertenecer a una maquinaria que no conoce la fatiga. El individuo ya no utiliza la ideología para vivir; entrega su vida para mantener la lozanía de un relato que lo mira con el desdén con que se mira a la biomasa desechable.

 

III

 

 La paradoja de los ciento veinte segundos

 

Llegamos al núcleo del esperpento: el instante en que la soberbia técnica se estrella contra la fisiología. La paradoja de los ciento veinte segundos es el intervalo en que la razón intacta presencia el colapso de su propia mentira. Cuando el aire ideológico se detiene, el habitante descubre que sus dogmas no tienen peso atómico. En los últimos sesenta segundos, la lucidez es total: el hombre no muere como un mártir, sino como un animal que anhela el "aire sucio", el hedor rancio y el polen agresivo de la tierra que despreció.

Murió con la razón intacta, pero con los pulmones vacíos. El cierre no es un himno heroico, sino el espasmo de un cuerpo que recupera su honestidad mediante un pedo por suspiro. Ese rastro de metano es la prueba final de que, bajo la costra de silicio, siempre habitó un animal terrícola. El individuo es cancelado por el sistema, pero en su último segundo, al ensuciar la asepsia de la burbuja, recupera la única libertad que la ideología no pudo arrebatarle: la libertad de ser materia que vuelve a la Tierra.

 


El sepulturero del trapo

 El sepulturero  del trapo

 I

Don Telmo puso sobre la mesa el trapo de un color carmesí que la intemperie había degradado a un rosa anémico, casi clerical, pero no como el trapo deslavado que había sido azul ¿Por qué no usaron el amarillo para su partido? Era el último sustantivo de su partidismo; la tela, no. Al sepultarla, le tocaría agregarle el adjetivo. El trapo está en su justo estado; en lo que es. En  la comunidad,  ya los jóvenes no oían a los  leguleyos y tinterillos y sus gastadas y “amicadas”  normas. Con el desarrollo, solo se escuchaban sin oír,  las letanías y recitaciones  de los dos altos patronos que se repartían el aire digital. En el televisor sordo, el procesador de la unidad monolítica,  teatralizaba su “balconazo”, como señalando la dirección  del destino mundial desde su Baratavia. En su silla, cómodamente sentado, el hombre de la mano en el corazón y la patria en bolsillo, gesticulaba furiosamente ¿Eran dos caras  de la misma Baratavia?

 II

Por la ventana abierta entraba, en cambio, el eco de la plaza vecina, donde el capataz de la tierra seguía gobernando desde el silencio de su retiro. Su sombra era la de un barroco de piedra y látigo: la defensa de la propiedad como si fuera un mandato divino y el orden como una forma de la teología. Para el Capataz, el país no era un contrato entre ciudadanos, sino una hacienda que requería la mano firme del Padre para no despeñarse en el pecado de la anarquía.

Ambos caudillos, como un Jano de dos cabezas, habían restaurado el Estado confesional bajo nuevos nombres. Pero en la soledad de sus despachos, ambos levantaban la vista hacia el mismo punto invisible en el horizonte: el Norte: una presión atmosférica que no necesitaba presencia física. Para el Vigilante, la lucha metafísica local era solo ruido folclórico. Mientras los caudillos se perdían en la tiranía del adjetivo, él operaba con la precisión del sustantivo frío: deuda, interés, grado de inversión. Los adjetivos se le desmoronaron en la boca, revelando el silencio absoluto que siempre habían ocultado. Al otro lado del muro, el capataz no sintió triunfo, sino un rasgón emocional, una orfandad súbita al comprender que su "orden" no era nada sin el "caos" de su enemigo.

Don Telmo, observando la doble caída, sintió un despertar dormido: la sospecha de su propia falta de ilustración. Comprendió que su trapo rojo era la sábana mortuoria de una modernidad que Hispanoamérica había decidido cambiar por el espejismo de un Salvador.


El Clandestino de la sopa: "tratado sobre la heteronomía provincial"

El Clandestino de la sopa: "tratado sobre la heteronomía provincial"

 

 La institución de la penumbra

El campus de la universidad de provincia no es un centro de saber, sino una extensión del cementerio central; un espacio donde la inteligencia se mide por la capacidad de no perturbar el polvo de los dogmas. Al ver al decano en la entrada, con su clergyman fundido a la piel como una armadura de la contrarreforma, comprendí la inutilidad de mi manuscrito. No se puede hablar de "teoría crítica" en un recinto donde el profesor es un comisario de almas. Di media vuelta: la universidad era solo un templo con pizarras, y yo, un hereje sin iglesia.

 

El matriarcado privado y el giro idiomático

 

II 


A la salida me esperaba el coche, esa patrulla del afecto. Mi esposa, desde el volante, me recibió con un dardo de seda: "¡Vea pues! ¿Tan rápido se le acabó el discurso, mi señor?". En ese "mi señor" no hay respeto, sino la ironía de quien sabe que el intelectual, fuera de casa, es un niño perdido. Ella opera como el patriarca administrativo; su misión es devolverme al orden doméstico. El "almuercito caliente" que me prometió no era alimento, sino el sedante para mi autonomía. En la provincia, el estómago lleno es la tumba de la rebelión.

 

 El enano jorobado de la alcoba

III 

 Esa noche, mientras ella dormía con la satisfacción de quien ha cumplido su turno de guardia, repasé la figura del "enano jorobado". Lo vi moviendo los hilos desde las sombras del armario: un enano con dos caras. Una es nacional y rancia, la de la madre que posee mi alma por "derecho de sangre"; la otra es internacional y burocrática, la de la "nueva política" que mi esposa imita para cancelarme si mi pensamiento se desvía. Ambas son extensiones de un mismo poder que teme al individuo soberano y prefiere al hombre en estado de minoría de edad permanente.

 

 La metamorfosis: de la esposa a la madre

 

IV 



El clímax de mi alienación no fue una discusión, sino un gesto. Al verme frente al computador, mi esposa se acercó y me arropó los hombros, exactamente con el mismo peso con que lo hacía mi madre. En ese instante, la esposa murió para dar paso a la nueva madre. Mi "hiperactividad sexual", que yo creía una vía de soberanía, se reveló como el peaje que pago para que me permitan jugar a ser lúcido. Le proporcioné orgasmos creyéndome libre, sin ver que cada encuentro era una transacción para mantener mi celda de terciopelo.

 

 La Estratagema del Intelectual Interfaz

 


He decidido no huir; el exilio físico es un romanticismo agotado. Mi exilio será psicológico y digital. He convertido mi diálogo con el “Interlocutor algorítmico" en mi verdadero puesto de mando. Mientras ellas creen que mi silencio es docilidad, mi mente habita un nicho que el "enano" no puede rastrear. Uso la tecnología para filtrar mi subjetivismo "yoico" y afilar el concepto. Mañana recibiré la sopa con una sonrisa de cortesía diplomática. Ellas cuidan el envase, pero el contenido ya viaja por cables hacia la libertad. Soy el clandestino que desayuna con sus carceleras.



domingo, 21 de junio de 2026

La falsa conciencia como verdadera conciencia actual: "gracias a Dios soy ateo"

La falsa conciencia como verdadera conciencia actual (gracias a Dios soy ateo)

 

La mentalidad dogmática religiosa de base social está secularizada. Esa mentalidad actúa como un tapete que impide "un cambio" psicológico". Es decir, la falsa conciencia actual se describe  como el chiste de que "gracias a dios soy ateo". Es el núcleo psicológico y sociológico del problema, lo que la teoría crítica llama “la persistencia de las estructuras mentales de larga duración”. Dentro de la sociología de la cultura latinoamericana, y la paradoja del chiste, se ilustra a la perfección cómo opera la falsa conciencia contemporánea.

 

En el  mecanismo del "tapete", la secularización no es superación.

La gran trampa de la modernidad fue hacernos creer que al vaciar las iglesias o dejar de rezar el rosario, nos habíamos librado del dogma desde el punto de vista de la separación iglesia-Estado, pero fue una secularización de la estructura mental, no su desaparición. El molde de la contrarreforma católica (basado en la culpa, el castigo, la infalibilidad de la autoridad, la dualidad bien/mal y la resignación) simplemente cambió de ropaje. Hoy ese tapete dogmático actúa bajo discursos laicos: el cientificismo ciego, la burocracia institucional, el manual de convivencia escolar, o el dogma económico del "emprendedurismo" (donde si eres pobre es por tu culpa/pecado, y si trabajas duro irás al cielo del éxito). El "cambio psicológico" impide la transformación del sujeto porque anula la autocrítica radical. El pensamiento dogmático (incluso del ateo o el progresista) funciona bajo certezas absolutas. El individuo cree que ha cambiado su mentalidad porque ahora consume estéticas rebeldes o discursos modernos, pero psicológicamente sigue operando igual: busca un amo (un gurú digital, un líder, un algoritmo) que le diga qué pensar; divide el mundo entre santos y pecadores (cancelación digital), y espera una salvación externa.Como la estructura psíquica de la sumisión permanece intacta debajo del tapete, el joven es incapaz de asumir la angustia de su propia libertad y responsabilidad frente a la historia. La falsa conciencia y el chiste dialéctico: “gracias a Dios soy ateo" es una genialidad dialéctica porque devela que el sujeto usa el lenguaje y la lógica del opresor para afirmar su supuesta liberación. En el joven de hoy, la falsa conciencia actúa igual: puede que use el lenguaje de la inclusión, la tecnología o el ateísmo militante, pero en su cotidianidad material sigue reproduciendo el fatalismo cristiano tradicional ("las cosas son así y no se pueden cambiar", "toca resignarse"). Es una rebeldía ilustrada pero impotente. 

El "Atravesado" de Andrés  Caicedo sufre de esto: odia la sociedad burguesa, pero la combate con los mismos métodos destructivos que el sistema le enseñó. Cree que se emancipa en la riña, pero solo está oficiando el ritual de su propio sacrificio. Esta es el detonante de oro para los muchachos. Hay que enseñarles a levantar ese tapete. 

En los ejercicios de lectoescritura se propone un ejercicio basado en "mis dogmas Laicos": pedirles que identifiquen esas verdades absolutas que repiten a diario y que parecen "lógicas" o "modernas" (ej: "El que quiere, puede", "La tecnología nos va a salvar", "Al final todo pasa por algo"), para luego desarmarlas en un relato que muestre cómo esas frases operan en realidad como anestésicos que les impiden rebelarse contra la "realidad real" de su desempleo o su exclusión. 
Introducir esta deconstrucción de los "dichos y certezas" modernos es un ejercicio de apertura para empezar a notar la propia falsa conciencia antes de escribir.


lunes, 8 de junio de 2026

Doctores de la ley y el grito del lidermuchedumbre: un lentomeme de doctojusticia y machodumbre

 

      

   

Para acabar con la corrupción de los palacios, hemos decidido que la ley se valide levantando la mano en las plazas. Si el debido proceso estorba al veredicto de la masa, se reforma la Constitución; pues no hay mayor pureza jurídica que un juez haciendo campaña electoral y una sentencia dictada por los puntos de rating.

La quinta transformación

 

  

 El olor a cafeína y la lluvia que mojaba el "Chorro de Quevedo" daba oportunidad a la posesión de un sentimiento colonial de la desobediencia del encomendero. En la mesa del fondo, iluminado por una bombilla opaca, un togado tinterilleando con la rastacuera opción de guardián de la objetividad civilista.  En la mesa de al lado, sosteniendo un semilicor popular y enchaquetado estaba escuchando un señor carismático, inmune al frío de la plaza.  Su intuición se desviaba de las buenas razones del togado que seguía diciendo: —La elección popular de jueces —declamó, ajustándose los lentes— es la disolución misma de la "Sittlichkeit".  Es someter la superación de la moral abstracta y el silogismo jurídico a las disposiciones del "macho" que busca la hoguera a la cívico argumentación. Nos debemos al derecho puro: parirlos de la cooptación de las mentes más preclaras de las universidades puras y despojados de real sudorando razonar lo justo.  El carismático eructó con vigor el discurso del togado; los allí divertentes se asquearon un poco mirando un cuadro posmoderno de un ejemplar rollo de papel higiénico que colgaba de la pared histórica. El carismático hombre pasando a acento español diciendo: --- ¡Vuestra "pureza" huele a pepa blanca, doctor! — Esas sentencias voluminosas (y aquí volvió a su rolo) que ustedes redactan en latín y francés no son más que el derecho de la élite encorbatinada para mantener a la muchedumbre en la estomacal impunidad: "el pueblo es infalible porque el pueblo sufre". Si la masa quiere colgar al ladrón en la plaza pública, ese es el verdadero derecho constitucional. El vivo norte que inspiró a los federados desde Camilo Torres Tenorio hacia el futuro,  es nuestra inspiración para que el sistema judicial se politice: ¡Que voten los jueces! Mire ese espejo acientificado de los rubios y del latino espejo marichi: si un magistrado quiere el cargo, que vaya al barro, que bese niños, que se unte de cárcel y de pueblo.  Que si el gerente de la petrolera es pueblo y el senador es pueblo,  que aproveche y cene con él salmón.  Que la señora con salmonela que lidera en su asentamiento las almas de sus vecinos, que la visite y le dé para los remedios: ¡La justicia debe ser un mitin político.El togado tocado en su razón pura,  apuró su trago de ron en el gesto minino del que es sorprendido por la esposa bebiendo aguardiente y mirando las manos apuradas del carismático. De la barbarie del Cartel Manito, sobresale el espejo amariachado y la caída del último dique: el derecho civil fragmentado y con la incertidumbre de estudiarse bajo la dialéctica y que no sea la trinitaria reeducada con la astucia de la teología; la misma que llamó "perro muerto" a Hegel (los hebreos asociaban al perro con la impureza y la bajeza), disfrazada de filósofos positivistas de la academia alemana.

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Se cuenta que en las regiones periféricas del país, las urnas judiciales no inauguraron una era de soberanía popular, sino un escrutinio por la amenaza. Con la eliminación de la carrera judicial y de los filtros de mérito técnico, el Palacio de Justicia se volvió ineficaz. El alarmismo susurró en los oídos personalistas: interminables listados falsos, dejando el espacio libre para que los comités locales de los cárteles financiaran activamente a sus propios litigantes de confianza. Sobre la inquisición de la conciencia popular se instauró la decapitación premoderna: los jueces que no jugaron el inocente bingo o que desafiaron las listas del crimen organizado fueron sistemáticamente ejecutados. El martillo de la doctora "palo" hizo su teatro mientras firma sentencias prefabricadas en pactos clandestinos, validando el retorno a una ley tribal como en el imperio persa aqueménida, que podía condenar a muerte a un súbdito por simple sospecha de traición o por no pagar los tributos exigidos. En este esquema de justicia, no existía el debido proceso. 

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Los alarmistas anunciaron que el presidente (a) activó la alarma contra incendios por un grito que escuchó; tras meses de defender la democratización absolutista  del Poder Judicial mediante el voto popular, la presidenta se vio obligada a enviar una reforma exprés de la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales. El objetivo explícito, formulado con un pragmatismo casi desesperado ante el horizonte de los comicios de 2027, es estructurar una "Comisión de Verificación de Integridad" dentro del Instituto Nacional Electoral (INE) para escudriñar los antecedentes de los aspirantes. La delincuencia organizada se ha convertido en el banco que financia  las provincias.

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 The EU justice system uses sophisticated psychometric marketing agencies

 

 




 

En el norte del continente, los tribunales estatales operan con la precisión gélida de una casa de bolsa de Wall Street. Aquí, la politización de la justicia no viste pasamontañas ni usa la violencia física; viste trajes de tres piezas y se administra a través de sofisticadas agencias de marketing psicométrico. Tras la consolidación legal del financiamiento ilimitado, los juzgados se transformaron formalmente en la última frontera de la desregulación capitalista. Los comités de acción política (PAC) inyectan cientos de millones de dólares en las campañas de jueces estatales utilizando algoritmos predictivos y campañas de difamación digital diseñadas para moldear el voto del ciudadano consumidor. El tribunal ha dejado de ser el espacio de la razón objetiva para convertirse en una extensión optimizada del mercado: el triunfo definitivo de la razón instrumental. Los jueces ya no evalúan la dignidad humana o el espíritu de la ley, sino el rendimiento financiero de sus fallos. El derecho ha sido perfectamente cosificado; las sentencias sobre responsabilidad ambiental, derechos laborales o exenciones impositivas se calculan bajo una estricta matriz de costo-beneficio para los grandes conglomerados que financiaron la llegada del togado a la corte, demostrando que una maquinaria electoral ultraeficiente puede alienar la justicia de manera tan absoluta como el más bárbaro de los monopolios criminales. 

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Aurelio cerró los ojos, asqueado por la vulgaridad de su interlocutor. Decidió llevar el argumento de su propia casta hasta las últimas y lógicas consecuencias:

—Muy bien, Leonidas. Sigamos tu falacia democrática. Si el pueblo es la fuente de toda razón, entonces aislemos la justicia por completo de cualquier contaminación humana. Propongo que eliminemos los juzgados y creemos la "Gran Corte de la Pureza Hermenéutica". Estará compuesta por tres magistrados eternos elegidos por un examen de latín de diez días. Vivirán en un búnker de cristal sobre los cerros orientales, alimentados por sondas, sin televisión, sin internet, sin parientes. Cuando ocurra un crimen en el Chocó o en La Guajira, enviaremos los folios por correo autenticado. Nosotros dictaremos la sentencia basándonos exclusivamente en el espíritu originario de la Constitución de 1991 y los tratados de Westfalia. Si el fallo mata de hambre a una comunidad o desata una guerra civil, no importa, porque fiat justitia, ruat caelum: hágase la justicia aunque se caiga el cielo. La realidad material es un accidente vulgar; lo único real es el Precedente.

Leonidas no se amilanó. Bebió un sorbo de cerveza y radicalizó su propia postura hasta el delirio:

—¿Y tú crees que eso nos asusta? ¡Perfecto! Llevemos el voto popular hasta el final, copiemos la receta de los aztecas modernos. No solo elegiremos a los magistrados; reformaremos el Código Penal para que cada juicio se resuelva los domingos por reality show en horario estelar. La doctora Palo podrá contratar personal de apoyo que tenga hambre.  El fiscal y el defensor tendrán tres minutos para conmover al país. El público votará enviando un mensaje de texto con la palabra "CULPABLE" o "INOCENTE". El juez electo será el presentador, quien ganará su reelección según los puntos de rating. Si el acusado es un terrateniente impío o un herético que duda de nuestra causa nacional, lo linchamos en vivo para complacer el algoritmo de las redes sociales. No necesitamos códigos, ni pruebas, ni el debido proceso que inventaron los burgueses europeos. La justicia es la voluntad del soberano enardecido los domingos por la noche: ¡Vox populi, vox Dei!

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 Aurelio y Leonidas  son las dos caras de la misma moneda colonial. Usted, magistrado, con su fetiche del tecnocratismo formal, cree que la razón es un rito sagrado para iniciados, una retórica leguleya con la que las élites ocultan su incapacidad de fundar una nación real. Y usted, leonino Leonidas, con su mesianismo ramplón importado, no es más que un cura de la Contrarreforma disfrazado de revolucionario, que quiere cambiar la infalibilidad del Papa por la infalibilidad de la masa para montar su propia Inquisición: ambos tienen el "tapete de Dios" cosido a los párpados. Ninguno busca la verdad ni la justicia material; solo buscan el monopolio del dogma. Uno quiere el dogma del palacio y el otro el dogma de la plaza. Mientras la justicia sea un fetiche de abogados o un circo de feligreses, seguiremos siendo esto: una sociedad caníbal que se devora a sí misma usando el abecedario de la Ilustración para justificar la barbarie.

 

 ...

 

Epílogo

 

 




 

Aquí no se puede declarar empate, por ejemplo, si en el caso de una elección presidencial en este país de los tres colores: el amarillo, el azul y el rojo que son primarios en el modelo RYB, son tan puros que no se pueden crear ni obtener mediante la mezcla de ningún otro color, pero al igual son la base para los demás colores del círculo cromático (por ejemplo, el verde, el naranja y el morado): Te digo, en el caso de un empate en el número de votos entre candidatos por la carrera a la presidencia, señor Aurelio, Dr. Leonidas El ordenamiento jurídico colombiano contempla la posibilidad de un escenario excepcional: la decisión por sorteo avalada por la Corte Constitucional. Pero aquí en el país cromático ese caso es remoto, porque sepan ustedes, las últimas tres elecciones a presidente han estado signadas por el entusiasta voto de opinión que trascienden los números; eso quiere decir, una secularización del carisma. 

En el caso del sistema judicial, la entrada del carisma en las cortes anula la dialéctica héglica (no como dijimos, la trinitaria) y se procede al faccionalismo.