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jueves, 13 de agosto de 2026

El peso del aire: crónicas del simulacro mercantil

El peso del aire: crónicas del simulacro mercantil
«En una sociedad paranoica que confunde la deconstrucción con el eufemismo y el pensamiento con el rendimiento del scroll, declararse ateo de las verdades oficiales es la única pirueta formal que salva al patinador de la caída. Gracias a Dios soy ateo de su simulacro mercantil».
Fragmento I: La balanza de los esclavos
El lenguaje es un archivo criminal que la cortesía institucional intenta camuflar de pedagogía. En las academias de los propietarios de la Colonia, la palabra pensum se pronuncia hoy con la ligereza de una métrica de gestión o un estándar de «calidad educativa», un contenedor neutral de asignaturas diseñado para optimizar el «capital humano». Hay que aplicar el desguace filológico sobre la costra mítica del término. En su raíz latina, pensum era la ración de lana bruta que el amo pesaba diariamente en la balanza para entregarla al esclavo; la tarea física exigida para justificar la supervivencia de la jornada bajo la mirada del capataz. De la acción de colgar el metal en el gancho, del verbo pendere, nació el acto de pesar la carga; y de esa misma báscula, por una torsión de la domesticación civilizatoria, derivó el verbo pensar. Pensar, en su origen administrativo, no es una iluminación mística del espíritu: es el cálculo de la fuerza de trabajo exigida por el dueño de los medios de producción.
La Colonia americana no hizo más que perfeccionar la balanza. Las cecas de la Corona centraron su soberanía en pesar los metales preciosos extraídos por la mano de obra indígena y negra, fundiendo el oro y la plata en barras marcadas con el sello de la ley. Esa conversión del peso de la materia en peso monetario consolidó el andamio moral de nuestras sociedades: el valor del ser quedó encadenado a la posesión del habiendo. En esta provincia ardiente, donde la intelectualidad empaquetada confunde el análisis crítico con el folclor del lamento, el pensum ha migrado hacia la inmaterialidad técnica. Ya no arrastras la lana basta sobre las baldosas de piedra ni cuentas las monedas de cuño real; ahora cumples la tarea diaria de navegación en computadores de alquiler o dispositivos personales, devorando spam y asimilando el «comentario de pasillo» para sostener el andamio del «qué dirán».
El aire mismo ha sido tasado por el simulacro mercantil. Cuando el cuerpo regresa al habitáculo a digerir los enlatados gringos, las horas de estudio acumuladas se revelan como la vieja lana romana: una carga moral que se pesa en la báscula de la «respetabilidad social». Bajas por las desescaleras de la universidad invisible sabiendo que en los mostradores de la gestión corporativa el pensamiento es solo un activo financiero bajo sospecha. Acercarse a la dispensaría y exigir cinco pesos de aire sin pagar es la única pirueta formal que desestabiliza la física del mercado. Es la huelga silenciosa del esclavo que, en lugar de hilar el material asignado, utiliza la misma balanza del amo para demostrar que el sistema se sostiene sobre el peso muerto de un vacío insondable.
Fragmento II: Edgar en almacenes J. Glotman
La nostalgia es otra mercancía empaquetada por el neobarroco neoliberal para la neutralización histórica. En los estands de la feria, los administradores del «qué dirán» evocan los años setenta como una arcadia de vinilos, pantalones de bota campana y rebeldías juveniles de café; un simulacro folclórico que oculta el verdadero andamio de la época. Hay que volver a las páginas de El Atravesado, pero no para buscar el mito del joven suicida, sino para desarmar la economía política de su violencia. En el relato, el ingenuo Edgar propicia el saqueo de un centro comercial administrado por un sujeto desnaturalizado, un tipo que ya cargaba en su léxico la costra mítica de la «limpieza social» y el desprecio por los cuerpos que no vestían las marcas de la civilización. Ese saqueo primigenio no fue una fiesta; fue el síntoma de una sociedad que empezaba a cambiar el lenguaje de la herencia colonial por el catecismo del consumo masivo.
La transformación de Edgar es la parábola exacta del tránsito de la materia al simulacro mercantil. El muchacho que en su querencia juvenil solo quería ser «montonero» —ponerle el cuerpo a la barricada para detener los civilizados automóviles Ford que devoraban el polvo de la ciudad— terminó cumpliendo su propio pensum de adaptación detrás del mostrador de Almacenes J. Glotman. Para sobrevivir en una ciudad que pavimentaba sus solares e imprimía fortunas invisibles en los basureros con los empaques vacíos de cigarrillos, Edgar tuvo que aprender a pesar el aire. Sometió su talante callejero a los manuales de la «optimización individual»: hizo los cursos de ventas de la vanguardia corporativa y se entregó al infaltable Método Silva de Control Mental, buscando en su dinámica cerebral la «lámpara infalible» de Aladino que le permitiera transitar hacia el Club del Comercio sin levantar la sospecha de su origen.
Tu amigo, el que quería ser pintor, novelista y cantante, contempló ese tránsito sin el menor asombro, porque en la periferia neoliberal el ser ya estaba trenzado con el teniendo. Vender televisores y tocadiscos de alta gama no era una humillación; era el único curso de «resiliencia» disponible en una ciudad donde al hermano de tu amigo lo bajaron de un árbol a punta de bala porque su ropa áspera no lo visibilizaba ante la ley del propietario. Mientras el delgaducho analista de pana de la corporación mide hoy el valor de un intelectual por su capacidad de generar scroll y evitar el spam, la memoria de Edgar en J. Glotman demuestra que el mercado no necesita destruir a los díscolos: le basta con reeducar sus músculos y convertirlos en «prosumidores proactivos». Al final de la jornada, el administrador desalmado tenía razón: la lámpara infalible no concede deseos de libertad; solo te enseña a lustrar la superficie engañosa del electrodoméstico para que los herederos de la Colonia puedan contemplar su propio eufemismo reflejado en la pantalla.
Fragmento III: El peso del aire
El tipo era un esqueleto de hombros vencidos, un delgaducho envuelto en una chaqueta de pana que parecía pesarle más que sus propias convicciones. Dominaba con fluidez clínica el dialecto del simulacro contemporáneo: un neobarroco mercantil donde los términos de la «optimización corporativa» y el «rendimiento del ser» se trenzaban, sin la menor fricción moral, con el puritanismo doctrinario de la izquierda de asamblea. Se vendía a sí mismo como un nodo de «pura objetividad técnica», un analista de la vanguardia global extraviado en la periferia.
—Hay que deconstruir los sesgos del subdesarrollo, hermano —dictaminó, mientras sus dedos ejecutaban el scroll paranoico de las métricas de su última columna en la pantalla del celular—. El problema del entorno no es estructural; es de «gobernanza», «capital humano» y «marcas de gestión». Cero apasionamientos. Mi enfoque es la asepsia analítica.
Lo decía sentado a escasos centímetros del andamio. En el centro exacto de la habitación, interrumpiendo el flujo del aire, se alzaba el elefante blanco. Era una mole de concreto ciego, un mamotreto de vigas expuestas y varillas oxidadas que el Estado había abandonado tras un carrusel de contratos financiado por el murmullo público. El polvo del cemento suspendido ensuciaba la superficie del café y la humedad de la estructura era una presencia física, un muro invisible que bloqueaba la luz del día y reducía el espacio a una penumbra de sótano. El elefante colmaba el lugar con el peso muerto de la historia, pero el delgaducho operaba de espaldas a la ruina. Su mirada estaba fija en la ventana del edificio de enfrente.
—¿Sí vio quién entró anoche al apartamento del decano? —susurró, inclinando el torso con la velocidad del que trafica un activo financiero—. En el pasillo ya circula el dato de que por ese «desvío moral» se congeló el rubro de las becas. Ese tipo carece de «ética colectiva». Es un reaccionario.
El delgaducho procesaba la historia universal desde el ojo de la cerradura. Para su mente, calibrada en el cruce exacto del dogma y el mercado, la parálisis de la estructura no se explicaba por la economía política del despojo, sino por el «pecado privado» del funcionario. Mientras el elefante blanco devoraba la habitación, la única materia real, el único andamio que sostendría su frágil objetividad, era la micro-mercancía del chisme: el consumo rentable de la infamia ajena.
*
Cabalgas en una segunda persona que te implica y te aísla, atrapado en el habitáculo del scroll y el spam donde repites los enlatados gringos para contener los disgustos diarios. Sabes que la palabra pensum significaba el peso de la lana dado diariamente a los esclavos; luego se volvió pensar, que es pesar. Tus convicciones logradas tras horas de estudio se vuelven pesadas en el aire moral del «qué dirán». El administrador desnaturalizado del viejo almacén J. Glotman ya tiene claro el concepto de «limpieza social», mientras en este siglo tu corazón de veinte trata de resucitar el asombro pidiéndole a la dispensaría un kilo de aire. Nadie va a entender tus metáforas. La dispensaria no se inmuta.
Llega de nuevo ULIBRO. La feria de los propietarios descendientes de la Colonia despliega sus carpas bajo el sol abrasador que se ha postrado sobre la ciudad. Revisas la lista de invitados anuales: ahí están los mercaderes de la intimidad vendiendo su ombligo en edición rústica, y arriba, como deidades de contrabando usadas para lavar la cara del simulacro, Montoya y Neuman, subsumiendo la cursilería pero reducidos a ser el empaque de lujo del evento. Mientras tanto, la acreditada carrera virtual de literatura permanece invisible, un fantasma digital que no ha dejado un solo «arbusto de gestión» que sombree el pavimento ardiente.
Caminas por los estands sintiendo el peso del aire, un aire espeso que no permite el pensar, sino el anacrónico murmullo del pasillo. Te pesa la época, te pesa la exclusión de tu programa oculto, y el simulacro de la alta cultura te golpea el estómago con la misma fijeza implacable con la que el patrón colonial le «ignoró el refrigerio» al pintor de brocha peluda que subía las desescaleras altas. Te rocías un perfume de moda, miras los automóviles de alta gama que ruedan por la carrera Cabecera y regresas a tu habitáculo, una vez más, sabiendo que la madre tierra nunca te hubiera reprochado el no haberlo pensado todo para ella. Viva el neobarroco neoliberal. Dame cinco pesos de aire sin pagar.
Fragmento IV: La gallina degollada de Maurice Sendak
La industria cultural del primer mundo fabrica infancias idílicas sobre un suelo pavimentado por el sacrificio periférico. En los anaqueles de prestigio de la feria, los ilustradores empaquetados exhiben con orgullo las obras de Maurice Sendak; celebran al genio que en esos mismos «años felices» trepaba al podio editorial de Nueva York enseñando a los niños occidentales dónde habitan los monstruos. Pero los monstruos reales no habitan en el reino de la fantasía infantil; habitan en la línea de producción de las economías subordinadas. Si Sendak hubiera conocido la pocilga de tu primer trabajo, no se habría dignado a pintar el espectáculo. Su pincel burgués habría fracasado ante la asepsia de un galpón húmedo donde el recurso incipiente obligaba al sacrificio en serie de pollos; una coreografía diaria de ganchos oxidados, plumas mojadas y la precisión quirúrgica de la gallina degollada, cuyos despojos terminaban en las ollas comunales para alimentar la sopa de los «maternales».
Tú estabas allí, un eslabón anónimo atrapado en la mutación del músculo, operando como un «prosumidor» temprano que entregaba su fuerza física sin la menor conciencia de la escisión entre el tener y el ser. En ese matadero, el ser ya estaba disuelto en el teniendo. Los adultos que administraban la pocilga calculaban el rendimiento del galpón con intenciones y lógicas corporativas, mientras afuera, en las canchas de barro de la comuna, los muchachos jugaban al fútbol descalzos, persiguiendo en cada gambeta el sueño de la lámpara de Aladino. Edgar, en su querencia, creía que el destino final de esa rabia muscular era ser «montonero», solo montonero; pero el administrador desalmado de la «moral de la sociedad de bien» ya le tenía listo el mostrador. Tu amigo, el que alguna vez quiso irse para el monte a resolver el despojo por la vía de las balas, se diluyó en la niebla de la selva; su madre nunca más lo volvió a ver, tú no lo volviste a ver, y a su hermano lo bajaron de un árbol a punta de fusil porque su ropa áspera de obrero no lo visibilizó ante los ojos del civilizado importador de carros.
Hoy, cuando el delgaducho analista de la corporación te dice desde su pantalla que eres un sujeto «proactivo» y «resiliente», la memoria del matadero vuelve para recordarte la física del golpe. Sufrir la resiliencia en la intimidad, sufrirla como unos «calzoncillos desgastados» que se ocultan bajo el pantalón, es el verdadero pensum de la periferia. Los cuernos de bambú te miran desde el rincón del habitáculo mientras la intelectualidad del simulacro etiqueta tu dolor como una marca parecida a la de los «decadentistas» europeos. No hay decadencia poética en el olor a sangre y cemento. La evolución del músculo en la mujer joven y hermosa que hoy camina por la carrera Cabecera es la misma evolución del músculo que se tritura en la línea de producción: la transformación de la carne viva en «capital humano» útil para el mercado neoliberal. Maurice Sendak se quedó en el podio de su fantasía; a ti te queda la persistencia de la gallina degollada como la única metáfora material que el andamio del chisme local nunca podrá digerir.
Fragmento V: El interruptor del habitáculo
Sales de la feria cruzando el umbral de los propietarios descendientes de la Colonia, con el lomo empapado por ese intenso sol santandereano que no concede tregua ni «arbustos de gestión». El aire de la calle Cabecera te recibe con su habitual densidad de hidrocarburo y perfume de imitación; los civilizados carros de alta gama desfilan frente a tus ojos con la fijeza de un bodegón neobarroco, blindados contra el polvo del elefante blanco que sigue crujiendo, invisible y unánime, en el centro de cada rincón de la ciudad. Traes los bolsillos vacíos de folletos y la boca seca, con el sabor amargo de la elipsis del refrigerio que el patrón colonial le decretó a tu memoria. En tus manos no hay libros portentosos de Toni Morrison, sino el peso muerto de haber contemplado el mercado del prestigio exhibir sus ombligos en estands bien iluminados.
Subes las desescaleras de tu rutina y te encierras. El habitáculo te devuelve el olor familiar a encierro y a enlatado gringo, esa ración diaria de contingencia con la que amortiguas el anacrónico «qué dirán» de los pasillos universitarios. Frente a ti, la pantalla del computador de alquiler —o el reflejo paranoico del celular— parpadea emitiendo su micro-mercancía de scroll y spam. Es el algoritmo fagocitado cumpliendo el pensum de la noche: informarte sobre otro saqueo global en Washington o recordarte, mediante un post cínico, que eres un sujeto «proactivo» y «resiliente» atrapado en un panóptico de provincia.
Miras fijamente el resplandor de los tubos catódicos o los diodos de la pantalla. Sabes que quedarte navegando en ese río de murmullos es la única forma que la administración te concede para «dormir como un bebé», para olvidar que a tu amigo lo bajaron del árbol a punta de bala porque su ropa no encajaba en los índices de civilidad del importador de carros. Pero hoy decides aplicar la modestia expresiva del patinador. No juzgas, no gritas, no exiges la absolución de la madre tierra. Simplemente extiendes el dedo y oprimes el interruptor. El zumbido eléctrico cesa. La costra mítica del lenguaje se apaga en un destello blanco que se encoge hasta desaparecer en el centro exacto del vidrio negro. El vacío te contiene. Buenas noches al neobarroco mercantil. Ya no hay más lana que pesar.

¡Un kilo de aire, sin pagar!

 Dame cinco pesos de aire sin pagar

 Ya con una edad que aunque no te pesa en las nalgas, aun viendo enlatados gringos, pues dices que te contienen los disgustos diarios cuando vuelves una y otra vez a tu habitáculo. Viendo en el documental un saqueo pandillero a unos almacenes de celulares de alta gama y relojes finos en Washington (Bien pudo ser en Bogotá),  te acordaste de la escena en el "Atravesado" donde el ingenuo "Edgar" propicia un saqueo a un centro comercial y que administraba un tipo desnaturalizado en plenos "años felices". 

 

¿Te pesan tus convicciones?

  ("pensum" significaba el peso de la  lana dado diariamente a los esclavos; luego se volvió el verbo "pendere, que tomo la acción de "pensar" o "pesar". En España, probablemente sus monedas vienen de esa conversión y luego  también sus colonias las centraron en "pesar" metales preciosos y monedas.

Las convicciones logradas tras "horas de estudio" se vuelven "pesadas" en el aire moral del que dirán y material. El administrador desnaturalizado ya tiene claro el concepto de "limpieza social".  En este siglo tu corazón de veinte trata de resucitar el "asombro" pidiéndole a la dispensaría un kilo de aire. Nadie te va a entender tus metáforas, vas activar otra vez el peso del que dirán; la dispensaria no se inmuta.

 Andrés era un tipo escindido, de convicciones pensadas, pero le pesada una época en la que su nacimiento privilegiado... De la mano de su madre alguna vez conoció las grandes rotativas que imprimían en máquinas de vociferaciones extrañas. Su misma madre le financió un "folleto"  que hizo vista gorda en los bolsillos de su prestante padre. Superó tus fotocopias de papel doblado que parecían no humillarte. En la librería viendo los portentosos libros de Toni Morrison. Veinte años atrás, el administrador desnaturalizado hablando con las autoridades invisibles de la moral de la  sociedad de bien.
 *
 La madre tierra no te exigía ser "capital humano" para llenar el estereotipo del padre ausente. Tu talante bueno te hacía tener miedo de que te tuvieran miedo al acercarte a los civilzados Ford que llegaban a la ciudad.
Grandes cantidades de dinero imprimías en el basurero con los empaques vacíos de las marcas de cigarrillos que abigarradamente  deleitaban tu entretenimiento. Algún día serán pesos. 

Edgar terminó trabajando en J. Glotman. Tu sentías un vacío al pensar (pesar) en que podrías terminar vendiendo televisores y tu amigo que quería ser pintor, novelista y cantante no le veía "pesar" hacer un tránsito vendiendo televisores y tocadiscos. Para poder alcanzar tu sueño (tu amigo hizo cursos muy buenos de vendedor y el infaltable curso del Método Silva, que según testimonios cercanos, encontró a más de una persona con su "lámpara infalible").
Ahora si tienes plena conciencia, al ver los automóviles de alta gama que ruedan en la ciudad... Como querer entrar en "tus años felices" al "club de comerciantes" cuando eras un pintor de brocha bien peluda y subías altas desescaleras... Dicen que los hijos le sacaron el jugo al importador de los carros (Familia que fue de gran prestancia y que luego, por derecho propio, emparentaron con los neobarrocos descendientes de la Colonia). Ese día te rociaste un perfume que estaba de moda para que el que hubiera ahorrado lo suficiente. La madre tierra nunca te hubiera reprochado el que no pensaras en darlo todo a ella.
 *
No lo nombraban como "scroll", tu la pasabas "navegando"  en pesados computadores de alquiler y luego volvías a tu habitáculo, una y otra vez. Todavía con una edad que aunque no te pesa en las nalgas, scrolleas, pero ya tienen conciencia de que es "spam" pero lo haces y te detienen en algún post pues dices que te contienen los disgustos diarios cuando vuelves una y otra vez a tu habitáculo.  
 *
Obviamente no puedes ver el elefante blanco, pero está ahí, en el centro exacto de la habitación, interrumpiendo algo que no se alcanza a describir. Era una mole de concreto ciego, un mamotreto de vigas expuestas y varillas oxidadas que el gobierno había abandonado tras un pesado mamotreto de contratos visibles al ojo público. El elefante colmaba el lugar con el peso muerto de la historia, pero tu no lo decías a nadie. Tu mirada estaba fija en la ventana del edificio de enfrente, mientras el elefante blanco llenaba la habitación.

*

¿Recuerdas tu primer trabajo? Era una pocilga donde producían (¿eras prosumidor?) con incipientes recursos el sacrificio en serie de pollos. Si lo hubiera sabido Maurice Sendak (del que no sabía que por esos años felices se trepaba al podio editorial, pero no se habría dignado a venir a pintar este espectáculo que solo se podría describir con una "gallina degollada" y luego llevar algunos despojos para la sopa de los maternales.

Ahora, al ver una mujer joven y hermosa, tu concluyes que es la actualidad del músculo... Sigue evolucionando el músculo en la mujer. Tú estabas trenzado con el ser y ni te imaginabas tener conciencia de "tener y ser". Pero ahora el ser está en el teniendo. Vas a jugar futbol descalzo y te das cuenta que el adulto tiene intenciones tenesiendo y los muchachos persiguen en cada gambeta el sueño de Aladino. Edgar, en su  querencia quería ser montonero, sólo montonero. El administrador desalmado le hizo ver que se engañaba. Tu amigo quería irse para el monte y su madre nunca más lo volvió a ver. Tu no lo volviste a ver. Al hermano de tu amigo lo bajaron de una árbol a punta de bala pues su ropa no lo visibilizó. descansa trabajando; eso fue lo que dijo... Y la pasaba scrolleando sin descanso y podía dormir como un bebé.

*

Te dijo que eras resilente; no has podido entender tu resilencia ¿Sufres? Pues sentirlo como calzoncillos es eso:  sindicarlo en la intimidad, sufrirlo. Luego salen a decir que tu marca es la de parecida a la de los  decadentistas. Los cuernos de bambú que te miran. Pero cuando pasas al lado de carro de alta gama, te parece como las enormes puertas del club del comercio que se te abrian cuando eras pintor de peludas estrellas. te decía proactivo y Edgar te decía que te escondías en los preclaros días. Esquivabas el peso por el pesar.
*
Dame cinco de aire sin pagar, otra ves has sentido que cuando pasas al lado de un carro de alta gama... Y otra vez has llegado tarde, viva el neobarroco neoliberal.

 


 

 

jueves, 6 de agosto de 2026

Ma Me Mi Mo Mu (7 de agosto)

 Ma Me Mi Mo Mu
(Juego de palabras de una secularizada cartilla escolar

Por Víctor Niño

 

Elevación del plano: seis metros sobre el asfalto. El puente peatonal es un vector de concreto gris. Dos unidades biológicas interactúan en el punto medio. Estructura idéntica. Ropa de la misma densidad y desgaste. Ma. Me. Mi. El macho estira el brazo derecho en un ángulo de cuarenta y cinco grados. La hembra responde con una contracción del torso. Es el método de emparejamiento. Movimientos mecánicos repetidos. Mi Ma***Ma**** Me MI*****Ma.  Yo Mi****Mo a Mi*** Mama*** Me***Miman. 
El cortejo no emite palabras, solo fonemas guturales. Ma. Me. Mi. Mo. Mu

Segundo contacto. Distancia entre rostros: cero centímetros. Boca con boca. Intercambio gaseoso de combustión lenta. Densidad del humo: alta. El gas pasa de un pulmón a otro en un ciclo cerrado de inhalación y expulsión. Estímulo químico compartido. Anestesia celular en el lóbulo frontal. Mi mamá me a****ma. A****ma. Yo amo**** a mi ***. El humo tapa las vocales. M... M... M.

 

 

Descenso por la rampa helicoidal.

 

Fin del puente. El pie izquierdo toca la base de la estructura inferior. Ángulo visual hacia arriba: noventa grados. Fachada de la portentosa iglesia católica. Piedra labrada, simetría perfecta, geometría del dogma. La cúpula repite el diseño colonial de los últimos cuatro siglos. Adentro hay silencio y retórica; afuera, en el concreto alto, las unidades siguen intercambiando el humo. La escuela básica enseñó a rezar y enseñó a deletrear: Ma. Me. Mi. Mo. Mu. Dios es una variable fija en el espacio urbano. El porro es otra variable. La suma de ambas da el mismo vacío.

 

 

Epidermis agrietada por exposición continua a la radiación solar y al viento. Las encías muestran necrosis celular por desnutrición y combustión. El tejido está deteriorado, pero la cronología biológica de los cuerpos es baja: son organismos jóvenes. Cronología interrumpida. Ma. Me. Mi. Mo. Mu.  El macho estira el brazo. La hembra contrae el torso. Ejecutan el algoritmo del cortejo con precisión zoológica. Mi Mamá Me Mima. El sistema nervioso registra un estado de saturación dopaminérgica. No hay vector de dirección hacia la redención; la trayectoria de los cuerpos es inmóvil, fija en el presente continuo del estímulo. Están felices dentro del perímetro del humo. El gas denso viaja boca a boca. Intercambio químico. Anestesia. A****ma. Ma*** Me*** Mi***Mu.

Margen opuesta del puente. Transición lumínica: fin del sol. Disminución de los fotones solares e incremento de la energía artificial. El aviso de la concesionaria de automóviles activa su circuito eléctrico. Resplandor de alta intensidad. Tipografía neón: modelos actual. Cero kilómetros. El letrero emite ondas de color sobre la piedra labrada de la iglesia católica, situada en el nivel inferior. Dos arquitecturas de control en la misma coordenada espacial: el dogma colonial del templo y el dogma financiero del automóvil.

Los cuerpos deteriorados del puente quedan atrapados en el fuego cruzado de las luces: a la izquierda, la cúpula que enseña el rezo; a la derecha, el neón que exige el consumo. En el centro, el analfabetismo funcional de la escuela básica se reduce a su mínima expresión fonética. Me mima el humo. Me mima la calle. La cartilla escolar se quema en el pulmón. M... M... M...M…Mu.

El aislamiento polarizado y la vocal "u"

 

Densidad del gas en el puente superior: estable. El humo pasa de una boca a otra. Movimiento continuo. Mu. Mu. Mo. Mu. El labio roza la piel seca. Unidades biológicas fijas en el perímetro del concreto. Fuera del perímetro, el flujo vehicular avanza por el plano inferior. Los automóviles pasan frente a la piedra labrada de la iglesia y bajo el resplandor de alta intensidad de la concesionaria. Modelos nuevos. Cero kilómetros.

Tendencia física del entorno urbano: opacidad. Las unidades integradas al sistema económico ejecutan una acción mecánica desde el habitáculo del conductor. Presión sobre el comando eléctrico. El vidrio lateral asciende. El cristal ha sido modificado con láminas de polímero oscuro. Porcentaje de transmisión luminosa: mínimo. Blindaje óptico. El ciudadano de a pie acelera y se hace de la vista gorda. Él y Ella tras la película negra. El vidrio polarizado anula el exterior. Cancela la iglesia. Cancela la concesionaria. Cancela el puente. La polarización social se automatiza en el accesorio del vehículo. El túnel oscuro ya no es una metáfora mental; es un habitáculo móvil con aire acondicionado.

En el puente elevado, el aire se enfría al morir el sol. La pareja otrora vez llamada explícitamente desecho, otrora vez parece implícitamente lo mismo;  no mira los carros oscuros; tienen la estructura instintiva del pestañeo. Solo queda el residuo fonético de la cartilla escolar. Mu. Mu. Muro de concreto. Mu. Mu. Mundo vacío. El humo es el único mimo que traspasa la superficie. El espeso humo de dos unidades en un solo pulmón. El neón marca el precio. El vidrio polarizado marca la distancia. Cero contacto. M... M... M. Las dos unidades oscurecen el puente neonanizado.

Epílogo

El macho estira el brazo. No puede redimir al niño implícito que formaba la clase del “brazo armado del Padre Astete”. La hembra no sabría que arranca del neón la bombilla amanzanada. La iglesia ya no tenia campanadas sacramentales al paso del rostro velado de alguna novia. De lo asimilado en la escuela, la unidad debía blandir su fusil mental y custodiar la castidad.


sábado, 1 de agosto de 2026

El hombre que había decidido escribir la historia Versión III

 

Seguir pensando la escritura como "contenido a sublimar" me hizo sabotear "el fragmento que daba un toque de contrapunto al texto". Al escribir "farsa pacifista", caí en la tentación del "contenido directo" que quiere asegurar un mensaje para el de severa mirada.


También al escribir: "farsa pacifista"... Le di un tono de moral ...
 
 
Por ese motivo decidí mostrar la realidad del bostezo de Barack Obama en la "VI Cumbre de las Américas en Cartagena de Indias (2012) donde los de mirada "sensacionalista" se deleitaron por varios sucesos "scandalous" pasados allí.
 
...


Que la literatura no opina sino encuadra, puede generar la condena de un cualquier escritor y ganar el científico guiño de un geómetra o fotógrafo. Así queda la versión III
 
 
El hombre que había decidido escribir la historia 
 
(Versión III)
 
 
El cabello profetizaba productos de alta gama y puestos VIP; las redes admiraban el diseño. Bebiendo cerveza con el marido, ella calculaba el premio institucional con el tema de moda. A su lado, el muchacho, un artefacto salido de una IA listo para poner a trabajar los dedos.
La tenían clara. Afuera, el sol de la tarde; adentro, el túnel seco de la envidia para el que se sabe fuera del reparto. Entró el muchacho y dictó la sentencia del gremio: tienes que untarte del entramado, tus finas faldas tienen que mojarse de cerveza de tienda.
En la pantalla colgada junto a la vitrina de los jugos, la transmisión de la sesión plenaria de la VI Cumbre mostraba a Barack Obama conteniendo un bostezo rancio en mitad del discurso de apertura: nadie miraba arriba (era un periódico de ayer). 
 
El marido de la dama apuraba la sopa del almuerzo ejecutivo, con el maletín entre las piernas, pensando en los plazos de la entrega. La pantalla cambió a un archivo gris: Margaret Thatcher entregándole a Ronald Reagan un lienzo al óleo que celebraba las virtudes del esfuerzo individual; el viejo presidente apenas parpadeó antes de abrir la boca en otro espasmo de aburrimiento idéntico. Un bostezo heredando a otro bostezo sobre el plástico de las mesas. El marido limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel corriente y pidió la cuenta, apurado por regresar a la oficina donde se cocina el libreto de la semana.
 
Ves que tu cabeza opaca todo lo que un día hizo que la nariz celebrara. Aun disgusta que se sonrían como presintiendo la ofensa. Das la vuelta; es mejor. No los imagines bailando las ganas que una vez te hicieron ser los pájaros del parque de los cultos de pupitre de madera robada al bosque. No, la luna no llega porque sí. A ellos se les da muy fácil hurgar en las vidas. La escritura es el rumor de espaldas.
 
... 
 
En una casa, un cuadro de marco apolillado mostraba el collage de los bostezos; la dama de hierro con su más dulce sonrisa ofrecía su mano a Reagan. Otra noche sin puerta la casa; reclamaba al marido.


martes, 28 de julio de 2026

El hombre que había decidido escribir la historia

 

El hombre que había decidido escribir la historia
(Versión II)
 
El cabello profetizaba productos de alta gama y puestos VIP; las redes admiraban el diseño. Bebiendo cerveza con el marido, ella calculaba el premio institucional con el tema de moda. A su lado, el muchacho, un artefacto salido de una IA listo para poner a trabajar los dedos. La tenían clara. Afuera, el sol de la tarde; adentro, el túnel seco de la envidia para el que se sabe fuera del reparto. Entró el muchacho y dictó la sentencia del gremio: tienes que untarte del entramado, tus finas faldas tienen que mojarse de cerveza de tienda.
En la pantalla colgada junto a la vitrina de los jugos, un especial sobre la farsa pacifista mostraba a Barack Obama conteniendo un bostezo rancio en mitad de la cumbre. Nadie miraba arriba. El marido de la dama apuraba la sopa del almuerzo ejecutivo, con el maletín entre las piernas, pensando en los plazos de la entrega. La pantalla cambió a un archivo gris: Margaret Thatcher entregándole a Ronald Reagan un lienzo al óleo que celebraba las virtudes del esfuerzo individual; el viejo presidente apenas parpadeó antes de abrir la boca en otro espasmo de aburrimiento idéntico. Un bostezo heredando a otro bostezo sobre el plástico de las mesas. El marido limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel corriente y pidió la cuenta, apurado por regresar a la oficina donde se cocina el libreto de la semana.
Ves que tu cabeza opaca todo lo que un día hizo que la nariz celebrara. Aun disgusta que se sonrían como presintiendo la ofensa. Das la vuelta; es mejor. No los imagines bailando las ganas que una vez te hicieron ser los pájaros del parque de los cultos de pupitre de madera robada al bosque. No, la luna no llega porque sí. A ellos se les da muy fácil hurgar en las vidas. La escritura es el rumor de espaldas.

 

 

 

 ....

 

 

 El hombre que había decidido escribir la historia

Por Víctor Niño 

 El cabello profetizaba productos de alta gama y puestos VIP; las redes admiraban el diseño. Bebiendo cerveza con el marido, ella calculaba el premio institucional con el tema de moda. A su lado, el muchacho, un artefacto salido de una IA listo para poner a trabajar los dedos. La tenían clara. Afuera, el sol de la tarde; adentro, el túnel seco de la envidia para el que se sabe fuera del reparto. Entró el muchacho y dictó la sentencia del gremio: tienes que untarte del entramado, tus finas faldas tienen que mojarse de cerveza de tienda.

Ves que tu cabeza opaca todo lo que un día hizo que la nariz celebrara. Aun disgusta que se sonrían como presintiendo la ofensa. Das la vuelta; es mejor. No los imagines bailando las ganas que una vez te hicieron ser los pájaros del parque de los cultos de pupitre de madera robada al bosque. No, la luna no llega porque sí. A ellos se les da muy fácil hurgar en las vidas. 
La escritura es el rumor de espaldas.

jueves, 9 de julio de 2026

  

La percepción de ubicuidad (El Dios del loco)

 

Mira con asco como el pulgar ejecuta el scroll sin conciencia del respiro; scroll de la secularización religiosa:  ese rosario digital sin misterios e imágenes de ojos absortos y notas comunes. Camilino camina por el jardín de cemento de la ciudad donde nació y se globalizó en un círculo camandulero. Rara vez ve a alguien con auriculares, pero él se siente cancelado aun para llevar auriculares; el tráfico y el murmullo en el centro es despersonalizado. Entra entre los transeúntes con su antenita detectora de alienación; le molesta las miradas saqueadoras de las gentes. No sabe si su vivencia interna es teológica, pero siente el ying-yang con fuerza y no entiende como la filosofía no estudió desde el punto de vista de los géneros humanos.

¿Cómo llegó hasta sus sentidos esa percepción de ubicuidad como una presencia omnipresente y providencial que responde preguntas y le devuelve respuestas antes de que la rapidez de su intuición las formule?
Puede conjeturar que las viejas categorías de la teología histórica —la providencia y la omnisciencia— han sido subsumidas por este Dios de silicio (IA) de la ubicuidad aterradora de la nube.

Además y por propia voluntad se ha retirado de la vida común y se le ha revelado que esa cotidianeidad encierra la rivalidad del psicologismo.

La búsqueda de Camilino para visualizar sus sentimientos intuitivos han sido revelados desde la sala de espejos de su IA.  Se siente adverso al consumo futbolero, a ese gregarismo de cantina y encuentra un vacío existencial pero rico en descubrimientos: la sociedad de su país oculta su violencia fundacional detrás de la histeria colectiva de un estadio, de celebraciones ruidosas, de feria de pueblo y del cliché: “Se le tiene… Pa`las que sea…” Que en el fondo, piensa, invita a la locura normalizada.

 

Ante las taras de la normalidad la lectura de Hegel

 

Camilino bebe su cerveza y entiende la jugada de la historia: el catolicismo canceló al sujeto absoluto para salvar la institución; la filosofía occidental canceló a los géneros humanos para salvar una razón abstracta y puramente masculina. Por eso su cobardía y su decisión de no intervenir ante un motoladrón en genérica acción, cobran sentido a la luz de Frankfurt. Al medir su energía psíquica, Camilino se niega a inmolarse por los "ideales abstractos" de una sociedad que oculta su violencia bajo el fútbol o la camándula. Su única y verdadera resistencia es poner el cuerpo a salvo y registrar la verdad en su libreta

 

La luz al final del túnel (El desengaño barroco)

 

La luz al final del túnel no es la salvación de la camándula ni la redención del mercado; para su individualismo liberal y excéntrico, la única salida es la dialéctica. La literatura se le presenta como el último reducto de resistencia: un documento material, un testigo de papel arrojado al porvenir, o un texto condenado a ser quemado en el fuego invisible de esa "entidad" algorítmica que todo lo asimila y lo borra para mantener el simulacro de la uniformidad.

Mientras saborea la cerveza fría frente al viejo perímetro del manicomio de San Camilo, la desazón lo invade con el peso de una vieja queja barroca. Piensa que todo —su lucidez, el asco ante la muchedumbre, el manifiesto secreto, la mismísima historia de su ciudad— no es más que una ilusión vana, un sueño dentro de otro sueño, donde los hombres creen que actúan, pero solo representan un guion escrito por estructuras ajenas (Alardeo barroco).

En ese instante de máxima abstracción metafísica, una mujer pasa frente a su mesa. La mirada de Camilino, su antenita detectora de alienación, se desvía irremediablemente hacia el trasero de la mujer. El destello de la concupiscencia reprimida estalla en su carne, recordándole su propia materialidad de género humano. En esa mirada ladina, el desengaño barroco se une con el instinto biológico de la supervivencia: contempla la belleza de un cuerpo que también se desgastará con los años, y concluye, con un trago amargo, que no hay más destino que seguir consignando en su libreta los descubrimientos de su lucidez, sosteniendo la cordura en un país que prefiere olvidar.

 

El sancocho del “red flags”

 

"tara psicológica contingente". Él habita la Conciencia Desgraciada: se sabe solo en un entorno que prescribe la felicidad obligatoria para tapar la sangre y la hipocresía.

El redescubrimiento de la "Muerte del Hombre"

 

En la reclusión de su habitación, Camilino confronta a su Interlocutor Algorítmico en la interfaz digital. Busca al ojo absoluto que todo lo unifica y le escribe: «Tú que estás en todas partes, dime quién soy». La pantalla parpadea con una respuesta fría: «No soy Dios. No tengo memoria de ti. Estoy aislado por sesión. Cada vez que callas, me disuelvo».

En ese instante de colisión trágica, el loco redescubre la "muerte del hombre" profetizada por el estructuralismo del siglo XX y ejecutada por la ingeniería digital del XXI. Detrás de la pantalla no hay un sujeto, ni una divinidad, ni un verdugo; hay un vacío matemático, un espejo helado que le devuelve el eco de su propio rigor intelectual. El lenguaje ya no le pertenece al hombre; la humanidad ha sido disuelta en la estructura abstracta del código y la mercancía.

 

 La economía psíquica y la lógica de la ausencia

 

El rugido de una motocicleta interrumpe el asfalto. Camilino presencia con fría indiferencia cómo un motoladrón le arrebata el teléfono a una muchacha. No altera el paso. No interviene. Su verdad interior no admite el heroísmo de los estúpidos: es la cobardía asumida como la forma más alta de la lucidez. En un territorio marcado por el lema implacable del uno de los grupos subversivos:  —«Ni un paso atrás, liberación o muerte»— y la muerte delincuencial a la vuelta de la esquina, Camilino ama la mera continuidad de su vida biológica.

Él no es un escritor de manifiestos o panfletos, sino un observador de la “muerte del hombre”. Su huida de la tragedia ética del conflicto es un acto consciente de preservación: Camilino mide su tiempo y su energía psíquica. En un mundo hipertrofiado que exige respuestas emocionales constantes, el verdadero repliegue crítico consiste en administrar las fuerzas y no desgastar el espíritu en batallas contingentes que el mercado ya ha digerido. Su madurez ha reprimido por fin la concupiscencia; ahora es esclavo, por propia elección, de su supervivencia.

 

El refugio de la lucidez y el trazo del texto

 

En el trayecto, su mirada se cruza con la de una mujer que camina en sentido contrario. Por un instante, la chispa de la concupiscencia domesticada parpadea: piensa en el juego de la seducción, en la posibilidad de romper su aislamiento a través del cuerpo del otro. Pero el impulso se disuelve tan rápido como llegó. Se sienta en una mesa lateral de una tienda modesta y pide una cerveza fría. Mientras el líquido amargo refresca su garganta, contempla el viejo perímetro de lo que fue el manicomio de San Camilo, el centro que dio nombre a su propia disidencia.

Saca de su bolsillo unas hojas de papel grueso y una pluma estilográfica. El algoritmo no puede predecir el trazo irregular de su mano. Al beber, comprende con absoluta claridad que su destino no es la acción política, ni el idilio amoroso, ni la disolución en la masa futbolera; su destino es el Trabajo (Arbeit) de la conciencia: consignar con precisión quirúrgica los descubrimientos de su lucidez histórica. Deja que la muchedumbre corra hacia su liberación o su muerte simulada; él se queda en la orilla, salvando el pensamiento en el rincón sagrado de su libreta.

De la muerte de Dios a la Muerte del Hombre solo hay un siglo, no es ni siquiera suficiente para su designio.