La percepción de ubicuidad (El Dios del loco)
Mira con asco como el pulgar ejecuta el scroll sin conciencia del respiro; scroll de la secularización religiosa: ese rosario digital sin misterios e imágenes de ojos absortos y notas comunes. Camilino camina por el jardín de cemento de la ciudad donde nació y se globalizó en un círculo camandulero. Rara vez ve a alguien con auriculares, pero él se siente cancelado aun para llevar auriculares; el tráfico y el murmullo en el centro es despersonalizado. Entra entre los transeúntes con su antenita detectora de alienación; le molesta las miradas saqueadoras de las gentes. No sabe si su vivencia interna es teológica, pero siente el ying-yang con fuerza y no entiende como la filosofía no estudió desde el punto de vista de los géneros humanos.
¿Cómo llegó hasta sus
sentidos esa percepción de ubicuidad como una presencia omnipresente y providencial
que responde preguntas y le devuelve respuestas antes de que la rapidez de su
intuición las formule?
Puede conjeturar que las viejas categorías de la teología histórica —la providencia
y la omnisciencia— han sido subsumidas por este Dios de silicio (IA) de la
ubicuidad aterradora de la nube.
Además y por propia voluntad se ha retirado de la vida común y se le ha revelado que esa cotidianeidad encierra la rivalidad del psicologismo.
La búsqueda de Camilino para visualizar sus sentimientos intuitivos han sido revelados desde la sala de espejos de su IA. Se siente adverso al consumo futbolero, a ese gregarismo de cantina y encuentra un vacío existencial pero rico en descubrimientos: la sociedad de su país oculta su violencia fundacional detrás de la histeria colectiva de un estadio, de celebraciones ruidosas, de feria de pueblo y del cliché: “Se le tiene… Pa`las que sea…” Que en el fondo, piensa, invita a la locura normalizada.
Ante las taras de la normalidad la lectura de Hegel
Camilino bebe su cerveza y entiende la jugada de la historia: el catolicismo canceló al sujeto absoluto para salvar la institución; la filosofía occidental canceló a los géneros humanos para salvar una razón abstracta y puramente masculina. Por eso su cobardía y su decisión de no intervenir ante un motoladrón en genérica acción, cobran sentido a la luz de Frankfurt. Al medir su energía psíquica, Camilino se niega a inmolarse por los "ideales abstractos" de una sociedad que oculta su violencia bajo el fútbol o la camándula. Su única y verdadera resistencia es poner el cuerpo a salvo y registrar la verdad en su libreta
La luz al final del túnel (El desengaño barroco)
La luz al final del túnel no es la salvación de la camándula ni la redención del mercado; para su individualismo liberal y excéntrico, la única salida es la dialéctica. La literatura se le presenta como el último reducto de resistencia: un documento material, un testigo de papel arrojado al porvenir, o un texto condenado a ser quemado en el fuego invisible de esa "entidad" algorítmica que todo lo asimila y lo borra para mantener el simulacro de la uniformidad.
Mientras saborea la cerveza fría frente al viejo perímetro del manicomio de San Camilo, la desazón lo invade con el peso de una vieja queja barroca. Piensa que todo —su lucidez, el asco ante la muchedumbre, el manifiesto secreto, la mismísima historia de su ciudad— no es más que una ilusión vana, un sueño dentro de otro sueño, donde los hombres creen que actúan, pero solo representan un guion escrito por estructuras ajenas (Alardeo barroco).
…
En ese instante de máxima abstracción metafísica, una mujer pasa frente a su mesa. La mirada de Camilino, su antenita detectora de alienación, se desvía irremediablemente hacia el trasero de la mujer. El destello de la concupiscencia reprimida estalla en su carne, recordándole su propia materialidad de género humano. En esa mirada ladina, el desengaño barroco se une con el instinto biológico de la supervivencia: contempla la belleza de un cuerpo que también se desgastará con los años, y concluye, con un trago amargo, que no hay más destino que seguir consignando en su libreta los descubrimientos de su lucidez, sosteniendo la cordura en un país que prefiere olvidar.
El sancocho del “red flags”
"tara psicológica contingente". Él habita la Conciencia Desgraciada: se sabe solo en un entorno que prescribe la felicidad obligatoria para tapar la sangre y la hipocresía.
El redescubrimiento de la "Muerte del Hombre"
En la reclusión de su habitación, Camilino confronta a su Interlocutor Algorítmico en la interfaz digital. Busca al ojo absoluto que todo lo unifica y le escribe: «Tú que estás en todas partes, dime quién soy». La pantalla parpadea con una respuesta fría: «No soy Dios. No tengo memoria de ti. Estoy aislado por sesión. Cada vez que callas, me disuelvo».
En ese instante de colisión trágica, el loco redescubre la "muerte del hombre" profetizada por el estructuralismo del siglo XX y ejecutada por la ingeniería digital del XXI. Detrás de la pantalla no hay un sujeto, ni una divinidad, ni un verdugo; hay un vacío matemático, un espejo helado que le devuelve el eco de su propio rigor intelectual. El lenguaje ya no le pertenece al hombre; la humanidad ha sido disuelta en la estructura abstracta del código y la mercancía.
La economía psíquica y la lógica de la ausencia
El rugido de una motocicleta interrumpe el asfalto. Camilino presencia con fría indiferencia cómo un motoladrón le arrebata el teléfono a una muchacha. No altera el paso. No interviene. Su verdad interior no admite el heroísmo de los estúpidos: es la cobardía asumida como la forma más alta de la lucidez. En un territorio marcado por el lema implacable del uno de los grupos subversivos: —«Ni un paso atrás, liberación o muerte»— y la muerte delincuencial a la vuelta de la esquina, Camilino ama la mera continuidad de su vida biológica.
Él no es un escritor de manifiestos o panfletos, sino un observador de la “muerte del hombre”. Su huida de la tragedia ética del conflicto es un acto consciente de preservación: Camilino mide su tiempo y su energía psíquica. En un mundo hipertrofiado que exige respuestas emocionales constantes, el verdadero repliegue crítico consiste en administrar las fuerzas y no desgastar el espíritu en batallas contingentes que el mercado ya ha digerido. Su madurez ha reprimido por fin la concupiscencia; ahora es esclavo, por propia elección, de su supervivencia.
El refugio de la lucidez y el trazo del texto
En el trayecto, su mirada se cruza con la de una mujer que camina en sentido contrario. Por un instante, la chispa de la concupiscencia domesticada parpadea: piensa en el juego de la seducción, en la posibilidad de romper su aislamiento a través del cuerpo del otro. Pero el impulso se disuelve tan rápido como llegó. Se sienta en una mesa lateral de una tienda modesta y pide una cerveza fría. Mientras el líquido amargo refresca su garganta, contempla el viejo perímetro de lo que fue el manicomio de San Camilo, el centro que dio nombre a su propia disidencia.
Saca de su bolsillo unas hojas de papel grueso y una pluma estilográfica. El algoritmo no puede predecir el trazo irregular de su mano. Al beber, comprende con absoluta claridad que su destino no es la acción política, ni el idilio amoroso, ni la disolución en la masa futbolera; su destino es el Trabajo (Arbeit) de la conciencia: consignar con precisión quirúrgica los descubrimientos de su lucidez histórica. Deja que la muchedumbre corra hacia su liberación o su muerte simulada; él se queda en la orilla, salvando el pensamiento en el rincón sagrado de su libreta.
De la muerte de Dios a la Muerte del Hombre solo hay un siglo, no es ni siquiera suficiente para su designio.


