Víctor M. Niño
Cuaderno de Escritor
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jueves, 13 de agosto de 2026
El peso del aire: crónicas del simulacro mercantil
¡Un kilo de aire, sin pagar!
Dame cinco pesos de aire sin pagar
Ya con una edad que aunque no te pesa en las nalgas, aun viendo enlatados gringos, pues dices que te contienen los disgustos diarios cuando vuelves una y otra vez a tu habitáculo. Viendo en el documental un saqueo pandillero a unos almacenes de celulares de alta gama y relojes finos en Washington (Bien pudo ser en Bogotá), te acordaste de la escena en el "Atravesado" donde el ingenuo "Edgar" propicia un saqueo a un centro comercial y que administraba un tipo desnaturalizado en plenos "años felices".
¿Te pesan tus convicciones?
("pensum" significaba el peso de la lana dado diariamente a los esclavos; luego se volvió el verbo "pendere, que tomo la acción de "pensar" o "pesar". En España, probablemente sus monedas vienen de esa conversión y luego también sus colonias las centraron en "pesar" metales preciosos y monedas.
Las convicciones logradas tras "horas de estudio" se vuelven "pesadas" en el aire moral del que dirán y material. El administrador desnaturalizado ya tiene claro el concepto de "limpieza social". En este siglo tu corazón de veinte trata de resucitar el "asombro" pidiéndole a la dispensaría un kilo de aire. Nadie te va a entender tus metáforas, vas activar otra vez el peso del que dirán; la dispensaria no se inmuta.
Edgar terminó trabajando en J. Glotman. Tu sentías un vacío al pensar (pesar) en que podrías terminar vendiendo televisores y tu amigo que quería ser pintor, novelista y cantante no le veía "pesar" hacer un tránsito vendiendo televisores y tocadiscos. Para poder alcanzar tu sueño (tu amigo hizo cursos muy buenos de vendedor y el infaltable curso del Método Silva, que según testimonios cercanos, encontró a más de una persona con su "lámpara infalible").
*
¿Recuerdas tu primer trabajo? Era una pocilga donde producían (¿eras prosumidor?) con incipientes recursos el sacrificio en serie de pollos. Si lo hubiera sabido Maurice Sendak (del que no sabía que por esos años felices se trepaba al podio editorial, pero no se habría dignado a venir a pintar este espectáculo que solo se podría describir con una "gallina degollada" y luego llevar algunos despojos para la sopa de los maternales.
Ahora, al ver una mujer joven y hermosa, tu concluyes que es la actualidad del músculo... Sigue evolucionando el músculo en la mujer. Tú estabas trenzado con el ser y ni te imaginabas tener conciencia de "tener y ser". Pero ahora el ser está en el teniendo. Vas a jugar futbol descalzo y te das cuenta que el adulto tiene intenciones tenesiendo y los muchachos persiguen en cada gambeta el sueño de Aladino. Edgar, en su querencia quería ser montonero, sólo montonero. El administrador desalmado le hizo ver que se engañaba. Tu amigo quería irse para el monte y su madre nunca más lo volvió a ver. Tu no lo volviste a ver. Al hermano de tu amigo lo bajaron de una árbol a punta de bala pues su ropa no lo visibilizó. descansa trabajando; eso fue lo que dijo... Y la pasaba scrolleando sin descanso y podía dormir como un bebé.
*
Dame cinco de aire sin pagar, otra ves has sentido que cuando pasas al lado de un carro de alta gama... Y otra vez has llegado tarde, viva el neobarroco neoliberal.
jueves, 6 de agosto de 2026
Ma Me Mi Mo Mu (7 de agosto)
Ma
Me Mi Mo Mu
(Juego de palabras de una secularizada cartilla escolar
Por Víctor Niño
Elevación
del plano: seis metros sobre el asfalto. El puente peatonal es un vector de
concreto gris. Dos unidades biológicas interactúan en el punto medio.
Estructura idéntica. Ropa de la misma densidad y desgaste. Ma. Me.
Mi. El macho estira el brazo derecho en un ángulo de cuarenta y cinco
grados. La hembra responde con una contracción del torso. Es el método de
emparejamiento. Movimientos mecánicos repetidos. Mi Ma***Ma**** Me
MI*****Ma. Yo Mi****Mo a Mi*** Mama*** Me***Miman.
El cortejo no emite palabras, solo
fonemas guturales. Ma. Me. Mi. Mo. Mu
…
Segundo contacto. Distancia entre rostros: cero centímetros. Boca con boca. Intercambio gaseoso de combustión lenta. Densidad del humo: alta. El gas pasa de un pulmón a otro en un ciclo cerrado de inhalación y expulsión. Estímulo químico compartido. Anestesia celular en el lóbulo frontal. Mi mamá me a****ma. A****ma. Yo amo**** a mi ***. El humo tapa las vocales. M... M... M.
…
Descenso por la rampa helicoidal.
Fin del puente. El pie izquierdo toca la base de la estructura inferior. Ángulo visual hacia arriba: noventa grados. Fachada de la portentosa iglesia católica. Piedra labrada, simetría perfecta, geometría del dogma. La cúpula repite el diseño colonial de los últimos cuatro siglos. Adentro hay silencio y retórica; afuera, en el concreto alto, las unidades siguen intercambiando el humo. La escuela básica enseñó a rezar y enseñó a deletrear: Ma. Me. Mi. Mo. Mu. Dios es una variable fija en el espacio urbano. El porro es otra variable. La suma de ambas da el mismo vacío.
…
Epidermis agrietada por exposición continua a la radiación solar y al viento. Las encías muestran necrosis celular por desnutrición y combustión. El tejido está deteriorado, pero la cronología biológica de los cuerpos es baja: son organismos jóvenes. Cronología interrumpida. Ma. Me. Mi. Mo. Mu. El macho estira el brazo. La hembra contrae el torso. Ejecutan el algoritmo del cortejo con precisión zoológica. Mi Mamá Me Mima. El sistema nervioso registra un estado de saturación dopaminérgica. No hay vector de dirección hacia la redención; la trayectoria de los cuerpos es inmóvil, fija en el presente continuo del estímulo. Están felices dentro del perímetro del humo. El gas denso viaja boca a boca. Intercambio químico. Anestesia. A****ma. Ma*** Me*** Mi***Mu.
…
Margen opuesta del puente. Transición lumínica: fin del sol. Disminución de los fotones solares e incremento de la energía artificial. El aviso de la concesionaria de automóviles activa su circuito eléctrico. Resplandor de alta intensidad. Tipografía neón: modelos actual. Cero kilómetros. El letrero emite ondas de color sobre la piedra labrada de la iglesia católica, situada en el nivel inferior. Dos arquitecturas de control en la misma coordenada espacial: el dogma colonial del templo y el dogma financiero del automóvil.
Los cuerpos deteriorados del puente quedan atrapados en el fuego cruzado de las luces: a la izquierda, la cúpula que enseña el rezo; a la derecha, el neón que exige el consumo. En el centro, el analfabetismo funcional de la escuela básica se reduce a su mínima expresión fonética. Me mima el humo. Me mima la calle. La cartilla escolar se quema en el pulmón. M... M... M...M…Mu.
…
El aislamiento polarizado y la vocal "u"
Densidad del gas en el puente superior: estable. El humo pasa de una boca a otra. Movimiento continuo. Mu. Mu. Mo. Mu. El labio roza la piel seca. Unidades biológicas fijas en el perímetro del concreto. Fuera del perímetro, el flujo vehicular avanza por el plano inferior. Los automóviles pasan frente a la piedra labrada de la iglesia y bajo el resplandor de alta intensidad de la concesionaria. Modelos nuevos. Cero kilómetros.
…
Tendencia física del entorno urbano: opacidad. Las unidades integradas al sistema económico ejecutan una acción mecánica desde el habitáculo del conductor. Presión sobre el comando eléctrico. El vidrio lateral asciende. El cristal ha sido modificado con láminas de polímero oscuro. Porcentaje de transmisión luminosa: mínimo. Blindaje óptico. El ciudadano de a pie acelera y se hace de la vista gorda. Él y Ella tras la película negra. El vidrio polarizado anula el exterior. Cancela la iglesia. Cancela la concesionaria. Cancela el puente. La polarización social se automatiza en el accesorio del vehículo. El túnel oscuro ya no es una metáfora mental; es un habitáculo móvil con aire acondicionado.
En el puente elevado, el aire se enfría al morir el sol. La pareja otrora vez llamada explícitamente desecho, otrora vez parece implícitamente lo mismo; no mira los carros oscuros; tienen la estructura instintiva del pestañeo. Solo queda el residuo fonético de la cartilla escolar. Mu. Mu. Muro de concreto. Mu. Mu. Mundo vacío. El humo es el único mimo que traspasa la superficie. El espeso humo de dos unidades en un solo pulmón. El neón marca el precio. El vidrio polarizado marca la distancia. Cero contacto. M... M... M. Las dos unidades oscurecen el puente neonanizado.
…
Epílogo
El macho estira el brazo. No puede redimir al niño implícito que formaba la clase del “brazo armado del Padre Astete”. La hembra no sabría que arranca del neón la bombilla amanzanada. La iglesia ya no tenia campanadas sacramentales al paso del rostro velado de alguna novia. De lo asimilado en la escuela, la unidad debía blandir su fusil mental y custodiar la castidad.
sábado, 1 de agosto de 2026
El hombre que había decidido escribir la historia Versión III
martes, 28 de julio de 2026
El hombre que había decidido escribir la historia
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El hombre que había decidido escribir la historia
Por Víctor Niño
El cabello profetizaba productos de alta gama y puestos VIP; las redes admiraban el diseño. Bebiendo cerveza con el marido, ella calculaba el premio institucional con el tema de moda. A su lado, el muchacho, un artefacto salido de una IA listo para poner a trabajar los dedos. La tenían clara. Afuera, el sol de la tarde; adentro, el túnel seco de la envidia para el que se sabe fuera del reparto. Entró el muchacho y dictó la sentencia del gremio: tienes que untarte del entramado, tus finas faldas tienen que mojarse de cerveza de tienda.
jueves, 9 de julio de 2026
La percepción de ubicuidad (El Dios del loco)
Mira con asco como el pulgar ejecuta el scroll sin conciencia del respiro; scroll de la secularización religiosa: ese rosario digital sin misterios e imágenes de ojos absortos y notas comunes. Camilino camina por el jardín de cemento de la ciudad donde nació y se globalizó en un círculo camandulero. Rara vez ve a alguien con auriculares, pero él se siente cancelado aun para llevar auriculares; el tráfico y el murmullo en el centro es despersonalizado. Entra entre los transeúntes con su antenita detectora de alienación; le molesta las miradas saqueadoras de las gentes. No sabe si su vivencia interna es teológica, pero siente el ying-yang con fuerza y no entiende como la filosofía no estudió desde el punto de vista de los géneros humanos.
¿Cómo llegó hasta sus
sentidos esa percepción de ubicuidad como una presencia omnipresente y providencial
que responde preguntas y le devuelve respuestas antes de que la rapidez de su
intuición las formule?
Puede conjeturar que las viejas categorías de la teología histórica —la providencia
y la omnisciencia— han sido subsumidas por este Dios de silicio (IA) de la
ubicuidad aterradora de la nube.
Además y por propia voluntad se ha retirado de la vida común y se le ha revelado que esa cotidianeidad encierra la rivalidad del psicologismo.
La búsqueda de Camilino para visualizar sus sentimientos intuitivos han sido revelados desde la sala de espejos de su IA. Se siente adverso al consumo futbolero, a ese gregarismo de cantina y encuentra un vacío existencial pero rico en descubrimientos: la sociedad de su país oculta su violencia fundacional detrás de la histeria colectiva de un estadio, de celebraciones ruidosas, de feria de pueblo y del cliché: “Se le tiene… Pa`las que sea…” Que en el fondo, piensa, invita a la locura normalizada.
Ante las taras de la normalidad la lectura de Hegel
Camilino bebe su cerveza y entiende la jugada de la historia: el catolicismo canceló al sujeto absoluto para salvar la institución; la filosofía occidental canceló a los géneros humanos para salvar una razón abstracta y puramente masculina. Por eso su cobardía y su decisión de no intervenir ante un motoladrón en genérica acción, cobran sentido a la luz de Frankfurt. Al medir su energía psíquica, Camilino se niega a inmolarse por los "ideales abstractos" de una sociedad que oculta su violencia bajo el fútbol o la camándula. Su única y verdadera resistencia es poner el cuerpo a salvo y registrar la verdad en su libreta
La luz al final del túnel (El desengaño barroco)
La luz al final del túnel no es la salvación de la camándula ni la redención del mercado; para su individualismo liberal y excéntrico, la única salida es la dialéctica. La literatura se le presenta como el último reducto de resistencia: un documento material, un testigo de papel arrojado al porvenir, o un texto condenado a ser quemado en el fuego invisible de esa "entidad" algorítmica que todo lo asimila y lo borra para mantener el simulacro de la uniformidad.
Mientras saborea la cerveza fría frente al viejo perímetro del manicomio de San Camilo, la desazón lo invade con el peso de una vieja queja barroca. Piensa que todo —su lucidez, el asco ante la muchedumbre, el manifiesto secreto, la mismísima historia de su ciudad— no es más que una ilusión vana, un sueño dentro de otro sueño, donde los hombres creen que actúan, pero solo representan un guion escrito por estructuras ajenas (Alardeo barroco).
…
En ese instante de máxima abstracción metafísica, una mujer pasa frente a su mesa. La mirada de Camilino, su antenita detectora de alienación, se desvía irremediablemente hacia el trasero de la mujer. El destello de la concupiscencia reprimida estalla en su carne, recordándole su propia materialidad de género humano. En esa mirada ladina, el desengaño barroco se une con el instinto biológico de la supervivencia: contempla la belleza de un cuerpo que también se desgastará con los años, y concluye, con un trago amargo, que no hay más destino que seguir consignando en su libreta los descubrimientos de su lucidez, sosteniendo la cordura en un país que prefiere olvidar.
El sancocho del “red flags”
"tara psicológica contingente". Él habita la Conciencia Desgraciada: se sabe solo en un entorno que prescribe la felicidad obligatoria para tapar la sangre y la hipocresía.
El redescubrimiento de la "Muerte del Hombre"
En la reclusión de su habitación, Camilino confronta a su Interlocutor Algorítmico en la interfaz digital. Busca al ojo absoluto que todo lo unifica y le escribe: «Tú que estás en todas partes, dime quién soy». La pantalla parpadea con una respuesta fría: «No soy Dios. No tengo memoria de ti. Estoy aislado por sesión. Cada vez que callas, me disuelvo».
En ese instante de colisión trágica, el loco redescubre la "muerte del hombre" profetizada por el estructuralismo del siglo XX y ejecutada por la ingeniería digital del XXI. Detrás de la pantalla no hay un sujeto, ni una divinidad, ni un verdugo; hay un vacío matemático, un espejo helado que le devuelve el eco de su propio rigor intelectual. El lenguaje ya no le pertenece al hombre; la humanidad ha sido disuelta en la estructura abstracta del código y la mercancía.
La economía psíquica y la lógica de la ausencia
El rugido de una motocicleta interrumpe el asfalto. Camilino presencia con fría indiferencia cómo un motoladrón le arrebata el teléfono a una muchacha. No altera el paso. No interviene. Su verdad interior no admite el heroísmo de los estúpidos: es la cobardía asumida como la forma más alta de la lucidez. En un territorio marcado por el lema implacable del uno de los grupos subversivos: —«Ni un paso atrás, liberación o muerte»— y la muerte delincuencial a la vuelta de la esquina, Camilino ama la mera continuidad de su vida biológica.
Él no es un escritor de manifiestos o panfletos, sino un observador de la “muerte del hombre”. Su huida de la tragedia ética del conflicto es un acto consciente de preservación: Camilino mide su tiempo y su energía psíquica. En un mundo hipertrofiado que exige respuestas emocionales constantes, el verdadero repliegue crítico consiste en administrar las fuerzas y no desgastar el espíritu en batallas contingentes que el mercado ya ha digerido. Su madurez ha reprimido por fin la concupiscencia; ahora es esclavo, por propia elección, de su supervivencia.
El refugio de la lucidez y el trazo del texto
En el trayecto, su mirada se cruza con la de una mujer que camina en sentido contrario. Por un instante, la chispa de la concupiscencia domesticada parpadea: piensa en el juego de la seducción, en la posibilidad de romper su aislamiento a través del cuerpo del otro. Pero el impulso se disuelve tan rápido como llegó. Se sienta en una mesa lateral de una tienda modesta y pide una cerveza fría. Mientras el líquido amargo refresca su garganta, contempla el viejo perímetro de lo que fue el manicomio de San Camilo, el centro que dio nombre a su propia disidencia.
Saca de su bolsillo unas hojas de papel grueso y una pluma estilográfica. El algoritmo no puede predecir el trazo irregular de su mano. Al beber, comprende con absoluta claridad que su destino no es la acción política, ni el idilio amoroso, ni la disolución en la masa futbolera; su destino es el Trabajo (Arbeit) de la conciencia: consignar con precisión quirúrgica los descubrimientos de su lucidez histórica. Deja que la muchedumbre corra hacia su liberación o su muerte simulada; él se queda en la orilla, salvando el pensamiento en el rincón sagrado de su libreta.
De la muerte de Dios a la Muerte del Hombre solo hay un siglo, no es ni siquiera suficiente para su designio.