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martes, 28 de julio de 2026

El hombre que había decidido escribir la historia

 

El hombre que había decidido escribir la historia
(Versión II)
 
El cabello profetizaba productos de alta gama y puestos VIP; las redes admiraban el diseño. Bebiendo cerveza con el marido, ella calculaba el premio institucional con el tema de moda. A su lado, el muchacho, un artefacto salido de una IA listo para poner a trabajar los dedos. La tenían clara. Afuera, el sol de la tarde; adentro, el túnel seco de la envidia para el que se sabe fuera del reparto. Entró el muchacho y dictó la sentencia del gremio: tienes que untarte del entramado, tus finas faldas tienen que mojarse de cerveza de tienda.
En la pantalla colgada junto a la vitrina de los jugos, un especial sobre la farsa pacifista mostraba a Barack Obama conteniendo un bostezo rancio en mitad de la cumbre. Nadie miraba arriba. El marido de la dama apuraba la sopa del almuerzo ejecutivo, con el maletín entre las piernas, pensando en los plazos de la entrega. La pantalla cambió a un archivo gris: Margaret Thatcher entregándole a Ronald Reagan un lienzo al óleo que celebraba las virtudes del esfuerzo individual; el viejo presidente apenas parpadeó antes de abrir la boca en otro espasmo de aburrimiento idéntico. Un bostezo heredando a otro bostezo sobre el plástico de las mesas. El marido limpió la comisura de los labios con una servilleta de papel corriente y pidió la cuenta, apurado por regresar a la oficina donde se cocina el libreto de la semana.
Ves que tu cabeza opaca todo lo que un día hizo que la nariz celebrara. Aun disgusta que se sonrían como presintiendo la ofensa. Das la vuelta; es mejor. No los imagines bailando las ganas que una vez te hicieron ser los pájaros del parque de los cultos de pupitre de madera robada al bosque. No, la luna no llega porque sí. A ellos se les da muy fácil hurgar en las vidas. La escritura es el rumor de espaldas.

 

 

 

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 El hombre que había decidido escribir la historia

Por Víctor Niño 

 El cabello profetizaba productos de alta gama y puestos VIP; las redes admiraban el diseño. Bebiendo cerveza con el marido, ella calculaba el premio institucional con el tema de moda. A su lado, el muchacho, un artefacto salido de una IA listo para poner a trabajar los dedos. La tenían clara. Afuera, el sol de la tarde; adentro, el túnel seco de la envidia para el que se sabe fuera del reparto. Entró el muchacho y dictó la sentencia del gremio: tienes que untarte del entramado, tus finas faldas tienen que mojarse de cerveza de tienda.

Ves que tu cabeza opaca todo lo que un día hizo que la nariz celebrara. Aun disgusta que se sonrían como presintiendo la ofensa. Das la vuelta; es mejor. No los imagines bailando las ganas que una vez te hicieron ser los pájaros del parque de los cultos de pupitre de madera robada al bosque. No, la luna no llega porque sí. A ellos se les da muy fácil hurgar en las vidas. 
La escritura es el rumor de espaldas.

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