El sepulturero del trapo
I
Don Telmo puso sobre la mesa el trapo de un color carmesí que la intemperie había degradado a un rosa anémico, casi clerical, pero no como el trapo deslavado que había sido azul ¿Por qué no usaron el amarillo para su partido? Era el último sustantivo de su partidismo; la tela, no. Al sepultarla, le tocaría agregarle el adjetivo. El trapo está en su justo estado; en lo que es. En la comunidad, ya los jóvenes no oían a los leguleyos y tinterillos y sus gastadas y “amicadas” normas. Con el desarrollo, solo se escuchaban sin oír, las letanías y recitaciones de los dos altos patronos que se repartían el aire digital. En el televisor sordo, el procesador de la unidad monolítica, teatralizaba su “balconazo”, como señalando la dirección del destino mundial desde su Baratavia. En su silla, cómodamente sentado, el hombre de la mano en el corazón y la patria en bolsillo, gesticulaba furiosamente ¿Eran dos caras de la misma Baratavia?
II
Por la ventana abierta entraba, en cambio, el eco de la plaza vecina, donde el capataz de la tierra seguía gobernando desde el silencio de su retiro. Su sombra era la de un barroco de piedra y látigo: la defensa de la propiedad como si fuera un mandato divino y el orden como una forma de la teología. Para el Capataz, el país no era un contrato entre ciudadanos, sino una hacienda que requería la mano firme del Padre para no despeñarse en el pecado de la anarquía.
Ambos caudillos, como un Jano de dos cabezas, habían restaurado el Estado confesional bajo nuevos nombres. Pero en la soledad de sus despachos, ambos levantaban la vista hacia el mismo punto invisible en el horizonte: el Norte: una presión atmosférica que no necesitaba presencia física. Para el Vigilante, la lucha metafísica local era solo ruido folclórico. Mientras los caudillos se perdían en la tiranía del adjetivo, él operaba con la precisión del sustantivo frío: deuda, interés, grado de inversión. Los adjetivos se le desmoronaron en la boca, revelando el silencio absoluto que siempre habían ocultado. Al otro lado del muro, el capataz no sintió triunfo, sino un rasgón emocional, una orfandad súbita al comprender que su "orden" no era nada sin el "caos" de su enemigo.
Don Telmo, observando la doble caída, sintió un despertar dormido: la sospecha de su propia falta de ilustración. Comprendió que su trapo rojo era la sábana mortuoria de una modernidad que Hispanoamérica había decidido cambiar por el espejismo de un Salvador.
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