El peso del aire: crónicas del simulacro mercantil
«En una sociedad paranoica que confunde la deconstrucción con el eufemismo y el pensamiento con el rendimiento del scroll, declararse ateo de las verdades oficiales es la única pirueta formal que salva al patinador de la caída. Gracias a Dios soy ateo de su simulacro mercantil».
Fragmento I: La balanza de los esclavos
El lenguaje es un archivo criminal que la cortesía institucional intenta camuflar de pedagogía. En las academias de los propietarios de la Colonia, la palabra pensum se pronuncia hoy con la ligereza de una métrica de gestión o un estándar de «calidad educativa», un contenedor neutral de asignaturas diseñado para optimizar el «capital humano». Hay que aplicar el desguace filológico sobre la costra mítica del término. En su raíz latina, pensum era la ración de lana bruta que el amo pesaba diariamente en la balanza para entregarla al esclavo; la tarea física exigida para justificar la supervivencia de la jornada bajo la mirada del capataz. De la acción de colgar el metal en el gancho, del verbo pendere, nació el acto de pesar la carga; y de esa misma báscula, por una torsión de la domesticación civilizatoria, derivó el verbo pensar. Pensar, en su origen administrativo, no es una iluminación mística del espíritu: es el cálculo de la fuerza de trabajo exigida por el dueño de los medios de producción.
La Colonia americana no hizo más que perfeccionar la balanza. Las cecas de la Corona centraron su soberanía en pesar los metales preciosos extraídos por la mano de obra indígena y negra, fundiendo el oro y la plata en barras marcadas con el sello de la ley. Esa conversión del peso de la materia en peso monetario consolidó el andamio moral de nuestras sociedades: el valor del ser quedó encadenado a la posesión del habiendo. En esta provincia ardiente, donde la intelectualidad empaquetada confunde el análisis crítico con el folclor del lamento, el pensum ha migrado hacia la inmaterialidad técnica. Ya no arrastras la lana basta sobre las baldosas de piedra ni cuentas las monedas de cuño real; ahora cumples la tarea diaria de navegación en computadores de alquiler o dispositivos personales, devorando spam y asimilando el «comentario de pasillo» para sostener el andamio del «qué dirán».
El aire mismo ha sido tasado por el simulacro mercantil. Cuando el cuerpo regresa al habitáculo a digerir los enlatados gringos, las horas de estudio acumuladas se revelan como la vieja lana romana: una carga moral que se pesa en la báscula de la «respetabilidad social». Bajas por las desescaleras de la universidad invisible sabiendo que en los mostradores de la gestión corporativa el pensamiento es solo un activo financiero bajo sospecha. Acercarse a la dispensaría y exigir cinco pesos de aire sin pagar es la única pirueta formal que desestabiliza la física del mercado. Es la huelga silenciosa del esclavo que, en lugar de hilar el material asignado, utiliza la misma balanza del amo para demostrar que el sistema se sostiene sobre el peso muerto de un vacío insondable.
Fragmento II: Edgar en almacenes J. Glotman
La nostalgia es otra mercancía empaquetada por el neobarroco neoliberal para la neutralización histórica. En los estands de la feria, los administradores del «qué dirán» evocan los años setenta como una arcadia de vinilos, pantalones de bota campana y rebeldías juveniles de café; un simulacro folclórico que oculta el verdadero andamio de la época. Hay que volver a las páginas de El Atravesado, pero no para buscar el mito del joven suicida, sino para desarmar la economía política de su violencia. En el relato, el ingenuo Edgar propicia el saqueo de un centro comercial administrado por un sujeto desnaturalizado, un tipo que ya cargaba en su léxico la costra mítica de la «limpieza social» y el desprecio por los cuerpos que no vestían las marcas de la civilización. Ese saqueo primigenio no fue una fiesta; fue el síntoma de una sociedad que empezaba a cambiar el lenguaje de la herencia colonial por el catecismo del consumo masivo.
La transformación de Edgar es la parábola exacta del tránsito de la materia al simulacro mercantil. El muchacho que en su querencia juvenil solo quería ser «montonero» —ponerle el cuerpo a la barricada para detener los civilizados automóviles Ford que devoraban el polvo de la ciudad— terminó cumpliendo su propio pensum de adaptación detrás del mostrador de Almacenes J. Glotman. Para sobrevivir en una ciudad que pavimentaba sus solares e imprimía fortunas invisibles en los basureros con los empaques vacíos de cigarrillos, Edgar tuvo que aprender a pesar el aire. Sometió su talante callejero a los manuales de la «optimización individual»: hizo los cursos de ventas de la vanguardia corporativa y se entregó al infaltable Método Silva de Control Mental, buscando en su dinámica cerebral la «lámpara infalible» de Aladino que le permitiera transitar hacia el Club del Comercio sin levantar la sospecha de su origen.
Tu amigo, el que quería ser pintor, novelista y cantante, contempló ese tránsito sin el menor asombro, porque en la periferia neoliberal el ser ya estaba trenzado con el teniendo. Vender televisores y tocadiscos de alta gama no era una humillación; era el único curso de «resiliencia» disponible en una ciudad donde al hermano de tu amigo lo bajaron de un árbol a punta de bala porque su ropa áspera no lo visibilizaba ante la ley del propietario. Mientras el delgaducho analista de pana de la corporación mide hoy el valor de un intelectual por su capacidad de generar scroll y evitar el spam, la memoria de Edgar en J. Glotman demuestra que el mercado no necesita destruir a los díscolos: le basta con reeducar sus músculos y convertirlos en «prosumidores proactivos». Al final de la jornada, el administrador desalmado tenía razón: la lámpara infalible no concede deseos de libertad; solo te enseña a lustrar la superficie engañosa del electrodoméstico para que los herederos de la Colonia puedan contemplar su propio eufemismo reflejado en la pantalla.
Fragmento III: El peso del aire
El tipo era un esqueleto de hombros vencidos, un delgaducho envuelto en una chaqueta de pana que parecía pesarle más que sus propias convicciones. Dominaba con fluidez clínica el dialecto del simulacro contemporáneo: un neobarroco mercantil donde los términos de la «optimización corporativa» y el «rendimiento del ser» se trenzaban, sin la menor fricción moral, con el puritanismo doctrinario de la izquierda de asamblea. Se vendía a sí mismo como un nodo de «pura objetividad técnica», un analista de la vanguardia global extraviado en la periferia.
—Hay que deconstruir los sesgos del subdesarrollo, hermano —dictaminó, mientras sus dedos ejecutaban el scroll paranoico de las métricas de su última columna en la pantalla del celular—. El problema del entorno no es estructural; es de «gobernanza», «capital humano» y «marcas de gestión». Cero apasionamientos. Mi enfoque es la asepsia analítica.
Lo decía sentado a escasos centímetros del andamio. En el centro exacto de la habitación, interrumpiendo el flujo del aire, se alzaba el elefante blanco. Era una mole de concreto ciego, un mamotreto de vigas expuestas y varillas oxidadas que el Estado había abandonado tras un carrusel de contratos financiado por el murmullo público. El polvo del cemento suspendido ensuciaba la superficie del café y la humedad de la estructura era una presencia física, un muro invisible que bloqueaba la luz del día y reducía el espacio a una penumbra de sótano. El elefante colmaba el lugar con el peso muerto de la historia, pero el delgaducho operaba de espaldas a la ruina. Su mirada estaba fija en la ventana del edificio de enfrente.
—¿Sí vio quién entró anoche al apartamento del decano? —susurró, inclinando el torso con la velocidad del que trafica un activo financiero—. En el pasillo ya circula el dato de que por ese «desvío moral» se congeló el rubro de las becas. Ese tipo carece de «ética colectiva». Es un reaccionario.
El delgaducho procesaba la historia universal desde el ojo de la cerradura. Para su mente, calibrada en el cruce exacto del dogma y el mercado, la parálisis de la estructura no se explicaba por la economía política del despojo, sino por el «pecado privado» del funcionario. Mientras el elefante blanco devoraba la habitación, la única materia real, el único andamio que sostendría su frágil objetividad, era la micro-mercancía del chisme: el consumo rentable de la infamia ajena.
*
Cabalgas en una segunda persona que te implica y te aísla, atrapado en el habitáculo del scroll y el spam donde repites los enlatados gringos para contener los disgustos diarios. Sabes que la palabra pensum significaba el peso de la lana dado diariamente a los esclavos; luego se volvió pensar, que es pesar. Tus convicciones logradas tras horas de estudio se vuelven pesadas en el aire moral del «qué dirán». El administrador desnaturalizado del viejo almacén J. Glotman ya tiene claro el concepto de «limpieza social», mientras en este siglo tu corazón de veinte trata de resucitar el asombro pidiéndole a la dispensaría un kilo de aire. Nadie va a entender tus metáforas. La dispensaria no se inmuta.
Llega de nuevo ULIBRO. La feria de los propietarios descendientes de la Colonia despliega sus carpas bajo el sol abrasador que se ha postrado sobre la ciudad. Revisas la lista de invitados anuales: ahí están los mercaderes de la intimidad vendiendo su ombligo en edición rústica, y arriba, como deidades de contrabando usadas para lavar la cara del simulacro, Montoya y Neuman, subsumiendo la cursilería pero reducidos a ser el empaque de lujo del evento. Mientras tanto, la acreditada carrera virtual de literatura permanece invisible, un fantasma digital que no ha dejado un solo «arbusto de gestión» que sombree el pavimento ardiente.
Caminas por los estands sintiendo el peso del aire, un aire espeso que no permite el pensar, sino el anacrónico murmullo del pasillo. Te pesa la época, te pesa la exclusión de tu programa oculto, y el simulacro de la alta cultura te golpea el estómago con la misma fijeza implacable con la que el patrón colonial le «ignoró el refrigerio» al pintor de brocha peluda que subía las desescaleras altas. Te rocías un perfume de moda, miras los automóviles de alta gama que ruedan por la carrera Cabecera y regresas a tu habitáculo, una vez más, sabiendo que la madre tierra nunca te hubiera reprochado el no haberlo pensado todo para ella. Viva el neobarroco neoliberal. Dame cinco pesos de aire sin pagar.
Fragmento IV: La gallina degollada de Maurice Sendak
La industria cultural del primer mundo fabrica infancias idílicas sobre un suelo pavimentado por el sacrificio periférico. En los anaqueles de prestigio de la feria, los ilustradores empaquetados exhiben con orgullo las obras de Maurice Sendak; celebran al genio que en esos mismos «años felices» trepaba al podio editorial de Nueva York enseñando a los niños occidentales dónde habitan los monstruos. Pero los monstruos reales no habitan en el reino de la fantasía infantil; habitan en la línea de producción de las economías subordinadas. Si Sendak hubiera conocido la pocilga de tu primer trabajo, no se habría dignado a pintar el espectáculo. Su pincel burgués habría fracasado ante la asepsia de un galpón húmedo donde el recurso incipiente obligaba al sacrificio en serie de pollos; una coreografía diaria de ganchos oxidados, plumas mojadas y la precisión quirúrgica de la gallina degollada, cuyos despojos terminaban en las ollas comunales para alimentar la sopa de los «maternales».
Tú estabas allí, un eslabón anónimo atrapado en la mutación del músculo, operando como un «prosumidor» temprano que entregaba su fuerza física sin la menor conciencia de la escisión entre el tener y el ser. En ese matadero, el ser ya estaba disuelto en el teniendo. Los adultos que administraban la pocilga calculaban el rendimiento del galpón con intenciones y lógicas corporativas, mientras afuera, en las canchas de barro de la comuna, los muchachos jugaban al fútbol descalzos, persiguiendo en cada gambeta el sueño de la lámpara de Aladino. Edgar, en su querencia, creía que el destino final de esa rabia muscular era ser «montonero», solo montonero; pero el administrador desalmado de la «moral de la sociedad de bien» ya le tenía listo el mostrador. Tu amigo, el que alguna vez quiso irse para el monte a resolver el despojo por la vía de las balas, se diluyó en la niebla de la selva; su madre nunca más lo volvió a ver, tú no lo volviste a ver, y a su hermano lo bajaron de un árbol a punta de fusil porque su ropa áspera de obrero no lo visibilizó ante los ojos del civilizado importador de carros.
Hoy, cuando el delgaducho analista de la corporación te dice desde su pantalla que eres un sujeto «proactivo» y «resiliente», la memoria del matadero vuelve para recordarte la física del golpe. Sufrir la resiliencia en la intimidad, sufrirla como unos «calzoncillos desgastados» que se ocultan bajo el pantalón, es el verdadero pensum de la periferia. Los cuernos de bambú te miran desde el rincón del habitáculo mientras la intelectualidad del simulacro etiqueta tu dolor como una marca parecida a la de los «decadentistas» europeos. No hay decadencia poética en el olor a sangre y cemento. La evolución del músculo en la mujer joven y hermosa que hoy camina por la carrera Cabecera es la misma evolución del músculo que se tritura en la línea de producción: la transformación de la carne viva en «capital humano» útil para el mercado neoliberal. Maurice Sendak se quedó en el podio de su fantasía; a ti te queda la persistencia de la gallina degollada como la única metáfora material que el andamio del chisme local nunca podrá digerir.
Fragmento V: El interruptor del habitáculo
Sales de la feria cruzando el umbral de los propietarios descendientes de la Colonia, con el lomo empapado por ese intenso sol santandereano que no concede tregua ni «arbustos de gestión». El aire de la calle Cabecera te recibe con su habitual densidad de hidrocarburo y perfume de imitación; los civilizados carros de alta gama desfilan frente a tus ojos con la fijeza de un bodegón neobarroco, blindados contra el polvo del elefante blanco que sigue crujiendo, invisible y unánime, en el centro de cada rincón de la ciudad. Traes los bolsillos vacíos de folletos y la boca seca, con el sabor amargo de la elipsis del refrigerio que el patrón colonial le decretó a tu memoria. En tus manos no hay libros portentosos de Toni Morrison, sino el peso muerto de haber contemplado el mercado del prestigio exhibir sus ombligos en estands bien iluminados.
Subes las desescaleras de tu rutina y te encierras. El habitáculo te devuelve el olor familiar a encierro y a enlatado gringo, esa ración diaria de contingencia con la que amortiguas el anacrónico «qué dirán» de los pasillos universitarios. Frente a ti, la pantalla del computador de alquiler —o el reflejo paranoico del celular— parpadea emitiendo su micro-mercancía de scroll y spam. Es el algoritmo fagocitado cumpliendo el pensum de la noche: informarte sobre otro saqueo global en Washington o recordarte, mediante un post cínico, que eres un sujeto «proactivo» y «resiliente» atrapado en un panóptico de provincia.
Miras fijamente el resplandor de los tubos catódicos o los diodos de la pantalla. Sabes que quedarte navegando en ese río de murmullos es la única forma que la administración te concede para «dormir como un bebé», para olvidar que a tu amigo lo bajaron del árbol a punta de bala porque su ropa no encajaba en los índices de civilidad del importador de carros. Pero hoy decides aplicar la modestia expresiva del patinador. No juzgas, no gritas, no exiges la absolución de la madre tierra. Simplemente extiendes el dedo y oprimes el interruptor. El zumbido eléctrico cesa. La costra mítica del lenguaje se apaga en un destello blanco que se encoge hasta desaparecer en el centro exacto del vidrio negro. El vacío te contiene. Buenas noches al neobarroco mercantil. Ya no hay más lana que pesar.
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